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PINTERING

“El año pasado en X”

Gerardo F. Cottle

Susan y Diane son primas. SUSAN es algo mayor que DIANE. Se conocen mucho por haber compartido su vida desde pequeñas. Susan es alegre, morena y optimista. Tiene 29 años. Diane es tímida, pelirroja y observadora. Están en un comedor antiguo, el de su abuela, jugando al Scrabble. La decoración es recargada y las cortinas están echadas.

Diane.- Huele a quemado.

Susan.- La abuela estará preparando tostadas para los sándwiches. Ya sabes que siempre deja que se quemen y luego los raspa con un cuchillo.

Diane.- No sé si huele a pan.

Susan.- ¿A qué otra cosa iba a oler? Es la hora de merendar y Nana nos está haciendo unos sándwiches de pepinillos.

Diane.- (Mirando a la cocina) La abuela no está en la cocina.

Susan.- Claro que no. Debe de estar en la despensa, donde guarda las conservas. ¿Qué pasa, que no tienes letra? No te sirve el viejo truco de mirar alrededor, ¿eh? (Ríe) Te voy a machacar esta vez.

Diane.- Desde el año pasado no jugaba.

Susan.- ¿En la playa? Ahí sí que me diste una buena paliza. Parecía que iba a ser otro verano más, y míranos ahora, “socia”.

Diane.- ¿Socia?

Susan.- Claro. Socia. Tendremos que hablarnos así, que si no…

Diane.- ¿Si no… qué?

(Pausa)

Susan.- Estamos juntas en esto, no te preocupes.

Diane.- Nunca me gustaron los pepinillos.

Susan.- ¿Y tu palabra? Quieres que vayamos a medias de nuevo…

Diane.- ¿Me quieres repartir tus fichas?

Susan.- ¡Caramba, DIANE! Que tenemos un negocio juntas y ahora te sulfuras.

(Pausa)

Diane.- ¿Un negocio?

Susan.- ¿No te irás a echar atrás? Quizá fue muy precipitado, pero cuando vimos la cristalera delante de nosotros y nos asomamos al interior, vimos claro que podíamos hacerlo realidad. El banco nos apretó las tuercas, pero nos juntamos y nos decidimos a saltar al vacío. Juntas.

Diane.- ¿La cristalera?

Susan.- Sí, mujer, en primera línea de playa. Fue lo más emocionante que nos pudo pasar en Palm Beach en los últimos 10 años.

Diane.- Yo he estado en Palm Beach una vez, Susan. Por el viaje de fin de curso.

Susan.- ¿A qué viene esto? Si es un tema de dinero, la abuela nos puede sacar de cualquier apuro.

Diane.- (Crispándose) ¿Dinero? Yo no tengo dinero. Más bien, lo tengo ahorrado. El verano pasado me acompañaste a abrir una cuenta de ahorro. Después, recogimos a la abuela de la estación de autobús, porque venía de Palm Beach.

Susan.- ¿Necesitas que te enseñe el papeleo? Aquí tienes la carpeta. Mira: nuestras firmas, la del banco, el préstamo… ¿Qué más necesitas, los planos?

Diane.- (Asustada) Yo no he firmado nada contigo nunca.

Susan.- Esto no puede ser otra cosa. Ni que te hubiera pedido un autógrafo.

Diane.- Solo he firmado mi fondo de ahorro. Por si acaso. Tú me acompañaste y te quedaste fuera. Fumando. Me saludaste a través de la cristalera.

Susan.- Como quieras, guardaré la carpeta entonces. Cuando quieras, está en este cajón. Necesitas triple palabra para alcanzarme.

Diane.- ¡Nunca!

Susan.- Es nuestro sueño. Estamos juntas en esto. (Cae un plato en la cocina. Mira en dirección al ruido) Ya recoge los pedazos. ¿Se le habrán caído los sándwiches? La verdad es que tenía hambre. (Pausa)

Diane.- Ca-lam-bre. Triple palabra.

Susan.- ¿Le habrá echado pimienta? Ayer se le terminó y quizá en el supermercado…

Diane.- Nunca me asociaría con nadie, ni contigo.

Susan.- Siempre trabajarás para alguien.

Diane.- Me parece muy cómodo y seguro. (Pausa). Nos conocemos desde hace demasiado.

Susan.- “Demasiado” nunca es suficiente.

Diane.- Deberíamos terminar la partida.

Susan.- ¡Deberíamos ayudar a la abuela y no nos hemos movido de la mesa! Pero Nana siempre ha sido una mujer independiente, ¿verdad? Está sola… pero estamos nosotras… pero nos quedamos aquí, en el comedor. (Pausa). Todo está bien, y si no lo está, ¿quién lo sabe?

“El año pasado en X”

Beatriz Hernández

Anna: mujer de 60 años, inteligente y extrovertida.

Ben: Hombre de 63, introvertido y observador.

Están cenando en la cocina. Silenciosos y no muy alegres. Se escucha una ruido en el apartamento de al lado.

Anna: Ya están otra vez… llevan así todo el día.

Ben: Voy a tener que avisar al casero, no podemos seguir así

Anna: Parecen buenos chicos y son jóvenes… Es normal que se junten con amigos y se les vaya de las manos.

Ben: ¿Te acuerdas de las fiestas que hacíamos nosotros? Siempre venía mucha gente. A todos les gustaban tus canapés.

Anna: Me gustaban esas fiestas…

Ben: (silencio)

Anna: Dejamos de hacerlas hace tiempo

Ben: No sé bien por qué fue…

Anna: Cuando nació Paul

Ben: ¿Hace tanto tiempo?

Anna: Sí, cuando nació el niño ya no teníamos tiempo. ¿Recuerdas aquel día? Me empeñé en tenerlo en casa, como había hecho mi madre.

Ben: ¿En casa? (Silencio)

Anna: Sí, con ayuda de la matrona…

Ben: Paul nació en el hospital general…

Anna: ¿En el hospital? No… di a luz en nuestra habitación. Estaba toda la cama cubierta de toallas y Nelly, la matrona, casi no llega a tiempo, porque tuvo que atender a otro parto casi a la vez…

Ben: Sí, había toallas, toallas blancas y nuevas, del hospital. Paul nació en 1979, por aquel entonces ya funcionaba el hospital.

Anna: Tú estabas a mi lado, pero con la cabeza en otro sitio… Estás pero no estás…

Ben: (silencio)

Anna: Te encierras, y te alejas. Nadie puede llegar a donde tú estés…

Ben: Había un gotero junto a la cama, y con un fonendoscopio podíamos escuchar los latidos de Paul.

Anna: Siempre lejos, en tu mundo…

Ben: La habitación olía a lejía. Nunca me gustó el olor de la lejía…

Anna: El gotero lo trajo la comadrona… Por si las cosas se complicaban. Me diste la mano, y te clavé las uñas…

Ben: No me dejaban estar en la sala de partos… de tanta frustración terminé clavándome las uñas en las palmas de mi mano. Sólo pude oír los gritos…

Anna: Parece que ya bajan el tono…

Ben: Esa canción me gustaba. Me recuerda a…

Anna: Por fin podremos descansar. Hace días que no duermo bien.

-Vuelve a sonar la música-

Ben: Me recuerda a…

Anna: Qué fiestas tan bonitas hacíamos… Ya nada ha vuelto a ser como era…

Ben: Pero fuimos muy felices siendo padres…

Anna: Nunca olvidaré que fue en esta casa donde parí a mis hijos.

Ben: Menos mal que abrieron el hospital ese año… No me hubiera perdonado que os pasara algo. (Silencio)

Anna: Yo siempre quise llamarle Frank, pero insististe en Paul… de repente…

Ben: Si os hubiera pasado algo…

Anna: (silencio)

Beatriz Hernández

“El año pasado en el jardín”

Jesús Gómez

Amber es una niña de 12 años muy introvertida que pasa la mayor parte del tiempo leyendo o jugando con sólo 2 amigos. Son los únicos con los que tiene confianza, no se atreve a jugar con otros. Bryan es su padre, tiene un taller de encuadernación y grabados. Viven solos en una casa pequeña en un suburbio residencial. La casa tiene un amplio jardín en el que Bryan se relaja cuidando las plantas y Amber juega a hacer realidad muchas de las historias que lee en los libros.

A. -Papá, tengo hambre, ¿falta mucho para comer?

B. -No cariño, el asado está casi a punto y el puré lo prepararé enseguida. En cuanto que acabe de podar este pequeño arbusto.

A. -Gracias papá, qué ganas tengo. Me encanta cuando haces el asado del domingo.

B. -¿A qué estás jugando? ¿Qué libro estabas leyendo esta mañana en la cama?

A. -Estaba leyendo Dune. Voy a preparar un cohete para ir hasta Arrakis.

B. -También he preparado pudding para el postre.

A. -Sólo necesito una fuente de energía autorecombinable.

B. (De repente muy nostálgico) -No es como el que hacía la abuela, pero creo que te gustará…

A. -¿Sabes cómo desplegar unas alas para aprovechar el viento solar? Necesito que estén plegadas hasta llegar al espacio.

B. (Tras un largo silencio) -Ella sí que lo hacía todo rico, qué gran cocinera era. Creo que me enamoré de tu madre porque cocinaba casi tan bien como la abuela.

A. -Las alas que me hiciste para el trabajo de ciencias estaban bien y funcionaron genial.

B. -¿A qué alas te refieres? ¿Acaso crees que una cometa son alas?

A. -No papá, las alas de junquillo y papel que me hiciste para el trabajo de final de curso, ¿no las recuerdas?

B. (Se rasca la cabeza intentando recordar) -No recuerdo ningunas alas de junquillo…

A. -Eran azules y rojas, como las de los aviones de la RAF que vimos en Duxford.

B. -Recuerdo cuando estuvimos en Duxford, muy divertido aquel día. (Guarda un breve silencio) Pero no hicimos ningunas alas para ningún trabajo de ciencias. Me acordaría porque a mí también me gustaron mucho aquellos aviones.

A. -Papá, fue el año pasado al final del curso, para el trabajo de ciencias. Luego las arreglaste para ponérmelas en la espalda.

B. (Mostrando cierto enfado) -¡Ya está bien! Ya te estás inventando historias otra vez y me estoy empezando a enfadar. El trabajo de ciencias fue una simulación de las placas tectónicas. Te ayudé a hacer natillas para el magma. Lo recuerdo perfectamente porque las probaste y no te gustaron porque puse canela para darles color marrón.

A. -No me invento nada. (Indignada por la acusación) -No sé a cuento de qué lo niegas. (Hace una pausa y continúa altivamente) La profe me felicitó y me puso mejor nota por haberles puesto la pegatina del escuadrón Alpha-Gamma.

B. -Pero si esa pegatina la pusimos en tu cometa.

A. -Además, las natillas las hicimos a principio de curso. Yo te hablo de final de curso. Ya era casi verano y hacía calor, como hoy. El jardín estaba lleno de flores, como ahora.

B. (Mostrando orgullo) -Bueno, siempre tengo el jardín lleno de flores. (Hace un largo silencio como queriendo zanjar la discusión) Deja ya el tema o no podré acabar a tiempo para ir a sacar el asado del horno… (Mirando hacia la ventana de la cocina y olisqueando) ¡Maldita sea! Se va a quemar.

A. -No me importa, no tengo hambre ya. ¡No quiero comer!

B. -Casi consigues que se queme. Buena la has liado… (Camina en silencio hacia su hija hasta ponerle las manos en los hombros) -Mira, unos días después de estar en Duxford jugamos a ser aviones, te puse la cometa en la espalda. Pero jugamos en el pasillo, como si fuera la pista de despegue. No salimos para nada al jardín y, desde luego, no fueron unas alas que hubiéramos hecho para ningún trabajo de ciencias.

A. (Entusiasmada) -Sí que salimos al jardín. Tú estabas abajo con la colchoneta y yo salté desde el balcón del dormitorio.

B. (Sorprendido) -Con que saltaste desde el balcón, ¿fue así como te rompiste el brazo? (Disgustado) -Me dijiste que te habías tropezado con la raíz del manzano y la tuve que arrancar. ¿Saltaste del balcón con la cometa?

A. -No, de verdad tropecé con la raíz. Pero eso fue otro día. (Hace un silencio y extiende los brazos simulando unas alas) El día que volé pude planear gracias a las alas y aterricé cómodamente en la colchoneta.

Jesús Gómez

El año pasado en X

ROSE. Una mujer de cuarenta y cinco años que trabaja en una empresa. Gracias a que consiguió hace un año ese trabajo, su vida ha dado un vuelco y es feliz. HARRY. Hombre de unos sesenta años, portero de un edificio de oficinas.

(HARRY y ROSE están en la sala de espera del dentista. Se oye a un niño reír dentro de la consulta.)

ROSE.- Es increíble este doctor Hoskins.

HARRY.- ¿Cómo?

ROSE.- Digo, que es increíble. Dígame, ¿cuándo ha escuchado usted en la consulta de un dentista, ¡de un dentista!, reír a un niño? ¿Cuándo? (Pausa). No sé a usted de pequeño, pero a mí me daban verdadero temor. ¡Pesadillas! ¿No es así?

HARRY.- Sí, sí. A mí todavía me dan.

ROSE.- ¿Verdad? ¡A quien no! A ese niño no. Se ríe. Es increíble este doctor Hoskins.

HARRY.- Sí que lo es.

ROSE.- Increíble (Pausa) Un no parar de reír. (Silencio.) Disculpe, pero… su cara…

HARRY.- ¿Sí?

ROSE.- Me es muy familiar.

HARRY.-No sé…

ROSE.-Sí, sí. Espere que estoy buscando… Todo lo guardamos aquí (señalándose la cabeza) en un montón de ficheros. Tan solo hay que tener paciencia. (Pausa) No le incomoda a usted que le mire, ¿verdad?

HARRY.- No… entiendo que ayuda.

ROSE.- Por supuesto (Pausa. Después empieza a decir lentamente). Usted es el portero del edificio Bertran, donde está la oficina de contratación de Wilson Enterprise.

HARRY.- Entre muchas otras, sí.

ROSE.- ¿No se acuerda de mí?

HARRY.- Ahora mismo…

ROSE.- Busque, busque… Fue hace un año, aproximadamente. Yo estaba muerta de miedo, literalmente muerta de miedo. Necesitaba el trabajo más que nada en este imprevisible mundo y usted, lo recuerdo perfectamente, usted estaba allí como una aparición.

HARRY.- ¿Una aparición?

ROSE.- Fue un milagro.

HARRY.- Disculpe, señorita, pero no sé muy bien…

ROSE.- ¡Estará en algún fichero de su cabeza! Esfuércese. Yo iba de rojo, un traje de chaqueta de Chanel. Lo recuerdo perfectamente porque fue una ganga en una tienda de segunda mano, en Patty’s… ya sabe, ahí donde los bulevares de la avenida Newton. No sé si ha estado.

HARRY.- No creo.

ROSE.- No importa ahora. Mi traje tiene que recordarlo, porque recuerdo perfectamente que me dijo… usted me dijo ese día: “No esté nerviosa, una mujer tan elegante tiene mucho ganado”. Entonces salió de su mostrador, salió de él, para cogerme la mano. Dijo: “Está temblando, tranquilícese”. Lo recuerdo perfectamente porque tenía las venas grandes y marcadas y a mí eso es algo que me fascina en cualquier ser humano.

HARRY.- Mire, señorita. Lo siento mucho. Eso sí que no.

ROSE.- ¿A qué se refiere?

HARRY.- Yo jamás salgo del mostrador y mucho menos le doy la mano a una desconocida así porque sí.

ROSE.- Es que no fue porque sí…

HARRY.- Me acordaría…

ROSE.- Yo temblaba de miedo. Usted me tranquilizó…

HARRY.- Es increíble… Que usted diga…

ROSE.- Gracias a eso yo conseguí el trabajo…

HARRY.- Me acordaría de semejante hazaña.

ROSE.- No fue porque sí. ¡Busque en sus ficheros! (Silencio.) ¿Fuma usted?

HARRY.- Sí, fumo.

ROSE.- Y no usa encendedor, usa cerillas.

HARRY.- Uso cerillas, sí. Mucha gente…

ROSE.- Yo le escribí mi número de teléfono e una de esas cajas de cerillas. Le dije a la salida que se lo quería agradecer invitándole a cenar.

HARRY.- No, no… No puede ser.

ROSE.- ¿El qué no puede ser?

HARRY.- Yo tengo una amiga ahora… Es mi amiga porque me dio su número de teléfono en una caja de cerillas, pero no es usted.

ROSE.- Ya sé que no soy yo, no somos amigos.

HARRY.- Podría haber sido, pero no lo es. Ni se le parece. (Silencio)

ROSE.- Me dio el consejo más bello… supo mirar dentro de mí y ahora…ahora ni me reconoce. (Silencio.) ¡Qué triste la vida, qué lamentable!

HARRY.- No se ponga así…

(Sale el niño de la consulta y se asoma una enfermera que hace una señal para que pase el siguiente.)

HARRY.- Es usted.

ROSE.- ¿Sí?

HARRY.- Sí, es usted.

ROSE.- ¡Lo sabía! ¡Sabía que no se había olvidado!

HARRY.- Que no, que digo que es usted la siguiente. Cuando llegué a la consulta, usted ya estaba aquí.

ROSE.- Ah… ya… (Silencio) De pequeña este momento me aterrorizaba. Hoy me paraliza. El dolor. ¡El dolor es una idea horrorosa!

HARRY.- Lo es. Pero, ¿sabe qué? Ahí dentro tienen anestesia.

ROSE.- Sí, es verdad.

HARRY.- Un pinchacito de nada y después todo será un camino de rosas.

ROSE.- Yo me llamo Rose.

HARRY.- Entonces nada puede ir mal (Jacinto le coge la mano a Rosa.)

ROSE.- ¡Lo ha vuelto a hacer!

HARRY.- (Como si no la escuchase) Lo va a hacer de maravilla, señorita. A la salida, estaré aquí. ROSE.- Esta vez pienso pedirle yo el número, así me aseguro de que nunca más me vuelve a olvidar.

Paloma Esteban

 

EL AÑO PASADO EN X

A: Sarah, mujer de 35 años soltera, locuaz, divertida y agresiva al hablar.

B: Michael, hombre de 60 años, padre de Sarah, parco en palabras, introvertido y con buenaimaginación.

Lugar de la escena: La casa del padre.

S: Hola papá, ¿Cómo estás? ¿Cómo ha ido el día de hoy?

M: Hola hija, todo bien, ¿y tú?

S: Bien, vengo del trabajo y me he dicho, ¿Sarah, porque no vas a ver a tu padre que llevas tres días sin venir? Y aquí estoy. Me he pasado por la frutería y te he comprado mandarinas y melocotones. Ya sé que no es tiempo de melocotones, pero el frutero dice que están muy bien de sabor. Me ha dicho que vienen de Argelia y claro que allí el tiempo es diferente al de aquí y por eso están tan sabrosos.

M: Muchas gracias hija, tú siempre cuidándome.

S: Bueno, no sabes lo que ha pasado en la frutería, es que la gente es tan desconsiderada…

M: Te tenía que haber pedido limones.

S: Resulta que una señora mayor llevaba esperando su turno un buen rato y otra señora, que ha llegado después, se le ha colado. Claro, imagínate mi cara cuando lo he visto. Total, le he tenido que decir a la señora que no era su turno, que debía esperar y claro, puedes ver su cara de “a mí no me hables así”.

M: El próximo día trae también manzanas, hace mucho que no cómo.

S: Cambiando de tema, ¿recuerdas el 59 cumpleaños de mama? Ese día que fuimos al restaurante a comer todos juntos y vinieron sus hermanos con mis primos. (Mirando fijamente a la cara a su padre) Sí, hombre ese día que te pusiste la corbata. ¿No recuerdas que bueno…?

M: No hija no lo recuerdo tengo muy mala memoria.

S: Ya claro, supongo que es normal, la edad y esas cosas.

M: Si hija esas cosas.

S: Y claro, tampoco te acuerdas de quien vino al final de la comida.

M: Pues no sabría decirte…, no.

S: Quizás te acuerdes de cómo te cogió del brazo con fuerza y te llevó a un sitio apartado de la mesa tras hablar unos minutos con él en voz baja delante de todos nosotros.

M: No, la verdad que no. Hija bueno, no tengo memoria para todo, con mi edad no creas que te acuerdas de todo lo que ocurre siempre.

S: Ya veo, ya. Si es que supongo que nunca fuiste bueno para eso.

M: Las manzanas no están siempre en los árboles.

S: Sarah, a veces hay que ir a recogerlas y tomar una escalera que te acerque a ellas.

M: No siempre las escaleras tienen todos los peldaños.

S: Mira, te voy a dar un dato que seguro que recuerdas. Llevabas puestos los gemelos que te regaló mamá cuando erais jóvenes. Esos gemelos azules oscuros que son cuadrados.

M: Sarah, esos gemelos son bonitos, pero no recuerdo ponérmelos. Ese año yo no podía estar ahí, porque estaba enfermo.

S: Esos gemelos los utilizas en ocasiones especiales, este era el 59 cumpleaños de mamá y desde entonces no te los has vuelto a poner porque eso fue el año pasado.

Fuera en la calle se oyen gritos entre varias personas, lo que desconcierta a Michael y Sarah. Cuando se acercan a la ventana ven al frutero con cara de mal humor que se acerca a un joven señalando a una señora de pelo blanco.

M: Hija, a veces lo que recordamos es solo una creencia impuesta por nuestro cerebro. Algo que no sabremos si es verdad a veces incluso creamos recuerdos a través de situaciones anteriores.

S: Si pero también hay veces que no queremos recordar, digamos que hay algún bloqueo impuesto por nuestro cerebro.

M: Te quiero Sarah

Tamara Sánchez

HACER ES DECIR:

EXPEDIENTE TRIANA

La abuela María está en el salón de su casa preparando la estufa de carbón para calentar la sala. El carbón está caliente y cuando mueve con el atizador millones de pequeñas pavesas vuelan por el aire. María escucha la puerta principal, la que está al lado del cuadro de Julio Romero de Torres. Al escuchar la puerta coge las agujas de punto y empieza a hacer patucos amarillos para su nieto. Entra José, es un señor mayor que todavía no se ha jubilado. Su trabajo consiste en descargar sacos de arpillera en el muelle del río. A veces hace tanto calor que tiene que quitarse la camiseta y la tela de arpillera de los sacos se marca en su espalda creando pequeños cuadritos de sangre.

Jose: Ahí te dejé y ahí te encuentro. Siempre haciendo patucos para todo el mundo.

María deja de tejer por un momento y le mira fijamente, vuelve a la tarea.

Jose: Tengo hambre. Supongo que antes de tejer habrás hecho la comida, si no me comeré el potaje que sobró de ayer.

María teje más rápido y suspira al ver que se le ha escapado un punto de lana, lo empieza a desenredar.

Jose: No te has cambiado de ropa, con lo presumida que has sido siempre. Además si llego a saber que estás así hasta hubiera preferido quedarme descargando más sacos en el muelle.

María suspira y abre la boca como para hablar pero finalmente continúa tejiendo.

Jose: Maté al perro. Los perros se encelan de los niños y más este que es un perro de agua y se vuelven todos locos.

María coge una de las agujas de tejer e intenta clavársela a Jose en la cabeza. Él la para antes de que consiga tocarle siquiera.

Jose: Haré contigo lo mismo que con el perro. Los perros no llevan patucos.

María tira la aguja de coser al suelo, a los pies de Jose y se cubre la cara con las manos.

Jose: Yo no soy así. Eres tú…

María mira al cielo, suspira y susurra algo ininteligible

Jose: Lo siento. Te quiero…En mi casa de Carmona de cuando era pequeño había un corral en la planta baja. Lo primero que hacía nada más me levantaba

era bajar y beber leche recién salida de la teta. Recuerdo la ubre caliente en mi boca y como salían disparados los chorros de leche densa, no como la aguachirle que venden hoy, leche amarga… Me daba igual llenarme las rodillas de mierda porque esa leche era deliciosa. Y era más deliciosa aún porque mi madre no nos dejaba hacerlo.

María se levanta del sillón y busca la aguja de coser que tiró antes a los pies de Jose, ha rodado y no sabe si está debajo del sofá.

Jose: Si intentas volver a matarme hazlo de otra forma. Soy más fuerte que tú y listo según parece…

María se agacha y empieza a mirar debajo del sofá.

Jose: Mi madre era una hija de puta. Ella sabía que solo tenía que prohibirme las cosas para que las hiciera. Mi madre sabía lo de aquella enfermedad cuando bebías de vacas que no estaban sanas. Ella nunca me quiso, le hubiera dado igual que hubiera muerto.

María encuentra la aguja y con ella en la mano mira fijamente a Jose.

Jose: Me arranqué la sonda y las bolsas de sangre cuando estuve en el hospital para que no me vieras débil, coño, débil no… ¿Porque no cogemos el saco de caracoles que hay en el ojo patio, los purgamos y los cocinamos? Podríamos venderlos y así hacer un dinero extra.

María le mira, frunce el ceño, asiente y se dirigen a la cocina. Jose coge los caracoles mientras María pone agua a hervir. Jose mete los caracoles en la olla.

Jose: Ve quitando la espuma del agua con la espumadera mientras me fumo un cigarro.

María coge las cerillas de al lado del termo y le enciende el cigarro a Jose. Coge la espumadera, mira fijamente a Jose, levanta la espumadera de nuevo pero antes de hacer ningún gesto, baja los brazos y empieza a quitar la espuma del agua hirviendo.

Jose: Era solo un perro…

María coge un papel de estraza que tenía en el frutero y escribe, rápida, asustada, apretando fuerte el boli BIC cristal sin capuchón contra el papel.

Jose: Eres una cobarde… A quién escribirás y el qué para que te saque de aquí… algo te da miedo y huyes, como las ratas…

Se escucha un sonido seco, abrupto, muy alto acompañado de una luz cetrina. Dura segundos.

Jose: Ya están aquí… no sé si me llevarán esta vez o no, me da igual, no siento nada…

María mira apenada, aparta la olla del fuego y se lía un cigarro

Jose: Y no sé cuándo hago las cosas porque quiero o cuando quieren ellos… no sé, no se la diferencia, y me da igual mientras sea yo y no tú… Por favor déjame ver que has escrito, a quien, a nuestra hija? Bastante tiene con ser madre…

María arruga la nota y la tira al suelo mientras sigue fumando

Jose: Siempre he sido un rebelde, pero de los tontos. Por llevar la contraria acabé en el hospital, pensando más en joder que en otra cosa… He tenido de todo siempre y no lo he valorado una mierda. Leche de vaca directa de la ubre… lo que no se puede, yo lo hago y lo demás me toca los cojones. Y ahora esto, y me veo así… Déjame leer la puta nota…por favor, necesito al menos en mi casa…

María le da una patada a la nota que está en el suelo y sale de la cocina. Jose alisa el papel y comienza a leer la nota

Jose: Leyendo la nota en alto “Ese perro ladraba cuando ellos venían y les asustaba…Murió y no siento nada, y tampoco recuerdo… Ellos lo escuchan todo”

Jose palidece, abraza la nota y grita ELLOS LO ESCUCHAN TODO mientras que con la otra mano coge la aguja de punto que María dejó en la encimera. Se la clava atravesando su garganta.

Alex Muñoz

 

HACER ES DECIR:

Betsy está en la cocina. Es una cocina diseñada en los años 50. Los muebles, ahora antiguos, son de color azul claro y de esquinas redondeadas. Es bastante amplia y tiene una gran mesa en el centro. Betsy está amasando una masa para hacer pan. Ha dejado varios días la masa madre fermentando. De repente, suena el teléfono. Betsy pierde la mirada a través de la ventana que tiene enfrente. Agarra fuertemente un trapo de cocina y se sienta. Entra Paul. Paul tiene 60 años y lleva 35 casado con Betsy. Le queda poco pelo y tiene una prominente barriga.

Paul: ¡Buenos días, cariño! Pensaba que ya te habrías ido a casa de los niños.

Betsy guarda silencio.

Paul: Dame un abrazo… Qué bien que hayas decidido quedarte, sobre todo después de lo de anoche…

Betsy sigue en silencio, con la mirada perdida a través de la ventana.

Paul: Mírate… estás llena de harina… Déjame ayudarte. Se acerca a ella y le limpia la harina del pelo. Betsy, ¿me oyes? ¿Estás bien?

Betsy mira al suelo.

Paul: Sigues enfadada… No fue para tanto… Tienes que entender que tuve que hacerlo… No hay suficientes beneficios en la empresa, tuve que despedirle. Era John o cerrar. Es verdad que pude… pero… mejor así.

Betsy arroja el trapo a los pies de Paul. Paul se gira para salir de la cocina.

Paul: ¡Está bien! Si no quieres hablarme… ¡no lo hagas! ¡No me importa! Yo siempre… Tú… Este trapo fue un regalo de mi madre… ¡Qué buena era! Y qué vida más triste tuvo… Me acuerdo de cuando me preparaba la merienda al salir del colegio. Siempre me gustó que… Sí ¡siempre! No fallaba nunca. Murió tan joven… El pan con chocolate era mi favorita, pero a veces… (Suspira) Pero yo se lo perdonaba todo. Incluso aquello…

Betsy se levanta y comienza a abrir los armarios de la cocina. Busca una caja de galletas antigua, metálica. En ella guarda viejas fotos y algo de dinero.

Paul: ¡Ah! ¿Ya te mueves? ¿Te encuentras mejor? Cuéntame lo que te pasa… John era un ladrón. Le pillé falseando las cuentas y robándome dinero. Es un hijo de puta, rastrero y mentiroso. No podía confiar en él. Es una sabandija repugnante. Una vergüenza de persona. No merece ni el aire que respira. ¡Bueno! Vamos a disfrutar de la tarde de sábado. ¡Hace un día maravilloso! Hagamos un picnic en el jardín. Incluso podemos hacer una barbacoa o bocadillos. Yo te ayudo a prepararlo todo. Iré a buscar la manta para ponerla sobre la hierba.

Betsy deja de abrir armarios y cajones y mira fijamente a Paul.

Paul: No te apetece… Quizás no es buena idea… ¿Te duele? ¿Ha vuelto a dolerte? O ¿No has descansado bien? ¿He olvidado algo? O…

Betsy escribe: “Esto es un adiós. Ya no aguanto más. Me das asco. Jamás pensé que fueras capaz de hacer algo así. Pero no dejas de sorprenderme… y yo tampoco a mí misma… siempre vuelvo a darte otra oportunidad… ¡Pero se acabó!”

Paul: Claro, antes tengo que ir a la compra y me haces una lista. Una buena barbacoa necesita buenos ingredientes. Compraré todo lo que necesites.

Suena la puerta.

Paul: serán los testigos de Jehová, pasan por todas las puertas de la calle cada sábado. O un mensajero trayendo un paquete. Pedí piezas para la radio hace unas semanas… O quizás se han confundido… O piden donativos para la iglesia… ¡Siempre pidiendo! Estoy tan cansado… Por favor, dame el papel. Necesito ver qué pone. ¡No me sigas castigando con tu silencio! Igual no es la lista de ingredientes… Por favor, Betsy, déjame leerlo…

Betsy no se mueve ni responde.

Paul: ¡Está bien! Haz lo mismo que hacía mi madre… Que jamás estaba en casa ni me preparó nunca nada de comer. ¡La muy…! Nunca me hizo caso… ¡Siempre me las he arreglado yo solo! ¡No os necesito!

Paul vuelca la mesa de la cocina. Betsy le entrega el papel y sale por la puerta. Paul recoge el papel, que había caído al suelo.

Paul: …Jamás pensé que fueras capaz de hacer algo así. Pero no dejas de sorprenderme… y yo tampoco a mí misma… siempre vuelvo a darte otra oportunidad… ¡Pero se acabó!

Beatriz Hernández

Hacer es decir

Un salón amplio y luminoso en un club de caballeros, con suelo de moqueta y distinguidos tapices entre los enormes ventanales que iluminan la sala. La pared de enfrente está cubierta completamente por librerías que llegan hasta el techo, a un lado una chimenea crepita y calienta el espacio, al otro lado hay un mueble bar con varios licores. Benjamin juega al billar inglés en la mesa que ocupa el centro del espacio. De repente, un estruendo le hace ensordecer de tal forma que queda mareado. Se le cae el taco al suelo, pero agarra otro objeto y se sienta junto a la chimenea, en un sillón alto de terciopelo.

Al lado del mueble bar hay una puerta de doble hoja por la que entra Arthur. Viste elegantemente y su cuidadoso corte de pelo y barba le hacen parecer más joven de lo que en realidad es. Cuando se disponía a servirse un coñac, se percata de la presencia de Benjamin.

A. -¡Hola Ben! Qué bueno encontrarte aquí; me apetecía jugar a billar con alguien mejor que yo…

Benjamin ni se inmuta y sigue mirando lo que tiene entre las manos y hacia el suelo.

A. (Acercándose a Benjamin desde atrás) -¡Caramba Ben! ¿No me has oído? ¿Me das la revancha de la partida del mes pasado?

Benjamin levanta la cabeza y mira la chimenea. Pero sigue sin girarse hacia Arthur ni pronunciar palabra alguna.

A. (Con tono suplicatorio) -Vamos Ben. Sabes que yo nunca quise hacer daño a Caroline. (Tras un largo silencio) -Simplemente, las cosas no salieron bien. (Tras otro largo silencio) –Ni siquiera ella me lo tuvo tan en cuenta… (Breve pausa) -Quiero decir, al menos me saluda cuando nos cruzamos por Trinity St.

Benjamin se gira levemente y, sin siquiera mirarlo, arroja la bola de billar que tenía entre las manos hacia los pies de Arthur. Se tapa la cara con las manos y agacha la cabeza.

A. (Haciendo ademán de irse) -¡No te tolero esta actitud! (Antes de haberse girado completamente se detiene y mira la bola) -Un momento, ¿de dónde ha salido esa bola naranja?

Arthur se queda unos instantes más mirando la bola. Finalmente, se agacha y la recoge.

A. -¿Sabes? Cuando era un niño, aún bastante pequeño, mi padre me llevó a las carreras de Newmarket. Había un jockey con un jersey exactamente del mismo color que esta bola. Era arlequinado naranja y azul… o quizá era naranja y verde. No importa, el caso es que me gustaba mucho el nombre de su caballo. (Hace una pausa intentando recordar el nombre del caballo) -¡Caramba! No puedo recordar cómo se llamaba el caballo. El caso es que le dije a mi padre que apostase por él. Aquel maldito caballo acabó último… ¡Último Ben! ¿Me oyes? Perdió 3000 peniques. No es que fuera gran cosa, pero aún recuerdo el cabreo que se cogió conmigo.

De repente Benjamin se levanta como poseído de una extraña energía, abre las librerías de la sala. Registra los anuarios del club.

A. (Con un repentino mal humor) -Ya veo que te has propuesto ignorarme por completo. No sé qué te habrá contado Caroline. Pero no me extrañaría que te haya ido con alguno de esos embustes que tanto le gustan a ella. Esa pobre “don nadie”, es la única forma que tiene de conseguir llamar la atención. De otro modo, nadie le hace caso. No puedo creer que te haya puesto en mi contra de ese modo. Hablaré con ella la próxima vez que la encuentre merodeando por el Eagle con alguno de sus amiguitos…

Arthur se queda mirando a Benjamin mientras este sigue rebuscando en los anuarios.

A. (Con un repentino tono conciliador) -Hablando de beber, vamos a tomar un coñac y jugar esa partida. Te vendrá bien, te veo un poco tenso.

Benjamin deja de rebuscar en la librería y se gira hacia Arthur. Sin decir nada, le mira impasible y de un modo casi desafiante.

A. -Vamos Ben, ya sé que eres mejor que yo y que seguramente me volverás a ganar. Pero esta vez te doblo la apuesta. Creo que no es casualidad que, de repente, haya una bola naranja como el jersey del jockey de aquel caballo que hizo que mi padre se enfadara tanto conmigo. Estoy seguro de que es una doble revancha.

Benjamin abre un cajón de un aparador y saca una pluma. Toma una de los anuarios y escribe en una página que parece al azar, pero no lo es: “Arthur Eckan senior ganó 3000 guineas en las apuestas de esta carrera haciendo trampas.”

A. -¿Qué haces Ben? Esos anuarios cuestan una fortuna y la gente los usa para consultar los resultados deportivos del pasado. ¿Acaso pretendes que te expulsen del club? ¿De repente tanto me odias que ya no quieres ni estar en el mismo club que yo? Si es por eso, sólo necesitas presentar tu renuncia y no tienes que estropear el patrimonio del club.

Un fuerte chillido se cuela por la única ventana abierta.

A. -¿Qué demonios es eso? Parece la voz de Caroline. ¿A ti también te lo ha parecido? Ella suele pasar por aquí los martes a mediodía, de camino a los jardines traseros del St. Johns.

Arthur se asoma a la ventana. Pero no ve a nadie en la calle.

A. -Qué extraño, no hay nadie en la calle. ¿Acaso es esto una broma? ¿Qué has escrito ahí? (en tono suplicante) -Déjame ver.

Benjamin tapa el anuario con su cuerpo, pero Arthur consigue atisbar que se trata del ejemplar del año 34.

A. -¿Qué demonios sucede? Es el anuario del 34, el año en que mi padre me llevó por primera vez a Newmarket. Recuerdo como si fuera ayer que me llamó mucho la atención el jersey naranja y amarillo de un jockey. Le dije a mi padre que apostase por ese caballo… 3000 chelines Ben. ¿Tienes idea de lo que eran en esa época 3000 chelines? Mi padre se puso tan contento que me compró un helado y todo.

Benjamin cierra el anuario y alarga el brazo hacia Arthur. Cuando este lo coge, Benjamin sale rápidamente de la sala sin volver a mirar a Arthur. Este comienza a hojear el anuario de forma compulsiva buscando desesperadamente la página en la que Benjamin ha escrito. Cuando por fin la encuentra, se percata estupefacto de que se trata de las carreras de

Newmarket. Bajo los resultados de la tercera carrera lee para sí la anotación de Benjamin. No puede creerlo…

A. (Vuelve a leer en voz alta) -Arthur Eckan senior ganó 3000 guineas en las apuestas de esta carrera haciendo trampas. (Gritando hacia la puerta por la que salió Benjamin) -¿Cómo puedes tú saber eso Ben? (Gritando hacia las ventanas) Arthur Eckan senior ganó 3000 guineas en las apuestas de esta carrera haciendo trampas.

Jesús Gómez

 

HACER ES DECIR

Un salón de un piso en un edificio eduardiano (principios siglo XX) de Edimburgo, Escocia. Tiene un techo alto con enyesados ornamentados que contrastan con el aspecto escueto del resto de la habitación. Hay una moqueta azul claro desgastada, sofá y sillón azul marino del mismo aspecto usado.

Una alfombra turca de rojos oscuros está delante de una chimenea tapiada. B está de rodillas separando páginas de periódico, doblándolas y haciendo nudos para hacer un fuego. Oye una llave en la puerta principal, seguida del sonido del abrir y cerrar de la puerta y el tintineo de llaves al tocar una superficie cerámica. Se levanta, coge una caja de bombones de al lado de la chimenea y se sienta en el sofá.

A entra en el salón, B no le mira.

A – (Con sorpresa) ¡Ey! ¡Qué bien! ¡Estás aquí! No sabía que tenías llaves. Y estás preparando un fuego. ¿No ves que la chimenea está tapiada? Tienes que haber visto que he tapiado la chimenea. Mira. (A señala la chimenea, B sigue mirando la caja de bombones) Bueno, si quieres, la abrimos, que es solo un panel, la chimenea en sí no está bloqueada. Hacemos un fuego. Todavía hay carbón en el cubo. Está en la alacena. No lo tiré. (Pausa, B sigue mirando la caja de bombones) Oye, los bombones no son para hoy. Los he cogido para mi madre. (Pausa) Bueno, coge si quieres. Sí, nos damos un capricho. Compro más mañana. Hoy celebramos.

B sigue sin mirar a A, toca las letras en relieve de la caja de bombones.

A – ¿No te alegras de verme? ¿Dónde está mi beso? ¿Un abrazo? ¿Un apapucho? (Pausa) Es porque Constanza y yo ya no… Te parece mal, ¿a que sí? Sabes que Connie ya no vive aquí… Sabes que le hizo mucho daño. Sabes… El que renunció fui yo y no obstante aquí estoy. Te parece fatal. Pues…

B tira la caja de bombones a los pies de A y se cubre la cara con las manos. El golpe hace que se abra con un sonido metálico hueco, revelando que la caja está vacía.

A – ¿Qué haces? ¿Los has zampado todos? ¿Los has escondido? ¿Los has tirado? Yo me escondía en el parque de pequeño.

(Pausa) B vuelve a ponerse de rodillas en la alfombra para hacer nudos con las páginas de periódico para la chimenea.

A – Tenía que tener seis años cuando me acusaron de morder a una niña, y no lo hice. Jugábamos al escondite en el patio del colegio, y entonces entendí que el mundo no era justo. Fue un martes que no pudimos salir porque llovía. Tenía que haber sido una abeja que le picó. Pero la niña me acusó de morderle y la monitora le creyó. Estuve castigado el resto día, y luego no sé cómo se enteró mi padre. Total que insistieron que yo mentía, él y mi madre, y acabé dando una confesión falsa porque sabía que era inútil protestar mi inocencia. Mi padre me azotó tanto que tuve que tomarme el Ventolín. Mi madre me llamó “bicho” y me miró con un odio que fue peor. (Pausa) No, no me pegaron. No me dijeron nada, de hecho estuvieron todo el fin de semana sin hablarme.

B arranca los dos cajones del mueble de la tele. Los deja en el suelo y empieza a revolver los contenidos en busca de algo.

A – ¡Deja eso! No hay nada allí ya. No tienes derecho.

A se pone entre la tele y los cajones sacados para estar enfrente de B para que B le mire.

A – Connie me controlaba la vida. Me obligaba, no me deja vivir. Así no es vivir. Me torturaba y ahora me tortura a través de ti. Y a ti te parece bien. Has caído en su trampa. No sabes cuánto le odio por eso. Todo lo que estás haciendo es por manipulación suya. Si no te das cuenta, un día sí te darás, cuando tengas sus manos alrededor de tu cuello. (Silencio)

A – Ah, el juego del karoake, ¿te acuerdas? Juguemos ahora. Tengo la consola conectada todavía detrás de la tele. Venga, la ponemos. Cantemos juntos. Nos reiremos.

B deja de rebuscar en los cajones y observa a A.

A – Ahora recuerdas. De jugar sí, seguro, luego otros detalles alrededor del recuerdo se hacen borrosos. Pero así son… los recuerdos. Me acuerdo cuando te besaba en la tripa. Te quiero. Cada mañana cuando abres los ojos te acuerdas. Quiero que me muerdas. Me mordiste, ¿te acuerdas?

B coge unos post-it y un boli de un cajón y empieza a escribir.

A – Ah, escribes. Se te da bien. Así mantienes la distancia de forma educada. De todas formas es relleno. Si tuvieras algo importante que decirme, no lo harías con palabras.

Se oye un claxon extra-escena.

A – ¿Es para ti? ¿Tienes un taxi esperando? No, es un amigo, ¿verdad? Le dijiste que pitara a los cinco minutos para que tuvieras la excusa para irte. O un amante, claro. Le dijiste que no tardarías. Has pasado página. (Silencio)

A – Por favor, déjame ver lo que has escrito. (Señala el post-it) Mírame. Dame un beso. Solo quiero leerlo. ¿Qué has escrito? No me dejes en ascuas. No puedo más.

A extiende la mano. B se mantiene impasible.

A – (Con rabia) Mira, yo mordí a esa niña. Yo la mordí con todo lo que tenía. Y la amenacé que no dijera nada, que si no la mataría. Lo negué cuando chivó, lo negué con más inocencia que un ángel. Me castigaron sin salir, pero se arrepintieron después de un día porque mis protestas eran tan convincentes. Hasta me pidieron perdón a mí. Pero lo hice. Yo mordí a esa niña porque quise.

B saca el post-it del bloc y se lo pasa a A. B tira el resto de los post-it y el boli al cajón de nuevo y se levanta. B sale del salón. A lee el post-it en silencio.

A – (Lee en voz alta, primero de volumen bajo progresivamente más alto hasta gritar) Yo a ti también te quiero. Yo a ti también te quiero. Yo a ti también. ¡Yo a ti también!

Luc Ciotkowski

 

Peter se encuentra junto a la ventana del pequeño cuarto de estar. La tenue luz que atraviesa el cristal le ayuda a rebuscar en la caja que tiene entre sus manos. Oye el pomo de la puerta girando y se sienta en el sillón de terciopelo granate aguantando entre las manos una fotografía enmarcada que había en la caja. La puerta se abre y Louise entra en la estancia. Louise es una mujer en la cincuentena. De aspecto dulce y cuerpo menudo.

Louise – ¡Peter! No sabía que habías llegado ya. ¿Hace mucho que estás aquí?

Peter permanece con la mirada fija en la fotografía.

Louise – He traído tomates para una ensalada. Te gustan las ensaladas con tomate y he pensado que sería una buena idea preparar una hoy.

Peter sigue impertérrito con la mirada clavada en la fotografía.

Louise – No hace falta que des saltos de alegría. Vale que sean sólo tomates, pero ¡hacía tanto que no comíamos tomates!

Peter gira lentamente la vista y mira a través de la ventana.

Louise – ¡Vamos Peter! ¡Por favor! ¡No puedes seguir así! ¡Te lo ruego! ¡Háblame!

Peter sigue mi

Louise – ¡Puedes seguir culpándome por lo que pasó con Diana! ¡Yo también me culpo!

Peter lanza la fotografía a los pies de Louise. El marco se parte y el cristal estalla en mil pedazos. Peter se cubre la cara con las manos. Louise se queda paralizada en un primer momento. Después se arrodilla junto a la fotografía.

Louise – ¡Dios mío!

Louise – Recuerdo cuando mis padres me llevaron por primera vez a ver el mar. Era un día soleado. De esos pocos días que el gris de las nubes se toma un descanso. También venían Sam y Charlotte… No. Charlotte creo que no. Sería demasiado pequeña. Al principio me dio miedo. Toda esa cantidad de agua, ese ruido. Me sentí minúscula.

Peter se levanta del sillón y empieza a rebuscar de nuevo en la caja. Louise recoge del suelo la fotografía y se acerca a Peter.

Louise – No busques más. Lo que buscas no está ahí.

Peter sigue removiendo la caja.

Louise – ¡Diana quiso marcharse! ¡No le importó nada ni nadie! Le dio igual dejarnos atrás. Quiso marcharse y simplemente lo hizo. ¡Acaso no es el mayor de los egoísmos!

Peter no levanta la mirada de la caja.

Louise – ¿Jugamos una partida al Black Jack? ¡Me encantan los naipes! ¡Me distraen tanto!

Peter levanta la vista de la caja y fija su mirada en Louise.

Louise – Sabía que no podrías negarte a una buena partida de Black Jack. Haremos una rápida y después prepararé la ensalada de tomate. O si prefieres, podemos jugarnos quién la prepara. La ensalada me refiero, no la partida. Quién pierda la partida preparará la ensalada. Así será más emocionante.

Peter sigue mirando a Louise fijamente. De forma casi inconsciente saca de la caja que todavía sostenía en sus manos un papel y un lápiz. Deposita la caja en suelo, la usa a modo de escritorio y con el lápiz escribe sobre el papel: “Louise, Peter, Diana”.

Louise – ¡Vamos Peter será una partida corta! No hace falta que anotes la puntuación. Cada uno llevará la del otro.

A través de la ventana llega el sonido de una sirena que cada vez se oye más fuerte.

Louise – ¡Dios mío! Otra vez esa horrible sirena. ¿Qué será esta vez? ¿La policía? ¿Los bomberos? ¿Ves algo por la ventana Peter? En este barrio cada día me siento más insegura.

Peter mira por la ventana de nuevo sin decir nada.

Louise – ¡Enséñame el papel Peter! ¿No estarás haciendo trampas? Siempre te ha gustado hacer trampas. O mejor dicho, nunca te ha gustado perder.

Peter sigue mirando por la ventana con el papel en la mano y la mirada perdida.

Louise – Peter, ¿me llevarás a conocer el mar algún día? Me han hablado mil veces del mar y tú me juraste que me llevarías. ¿Podrás cumplir tu promesa por una vez?

Peter le da el papel a Louise. Pasa junto a ella y sale por la puerta del cuarto de estar. Louise mira el papel que le ha entregado Peter y lee, primero como un susurro

Louise – “Louise”, “Peter…”

Y con la tercera palabra un grito desgarrador sale de su garganta

Louise – ¡¡¡Dianaaaaaa !!!

Toni García

 

LA INMINENTE OCURRENCIA DE X

Pablo y Elisa se están tomando una cerveza en un pub irlandés. Tienen alrededor de 40 años. Son amigos, lo más viejos y queridos amigos. Llevan 30 años quedando en el mismo sitio el mismo día de la semana para tomar algo juntos.

Pablo: Y llega mañana y es un día donde se está más tiempo de pie y se come más.

Elisa: Tienes razón. Ojalá solo fuera eso, cansancio y comida.

P: ES solo eso

E: La luz, las sonrisas, la familia… y todo junto entre que me gusta y me repugna.

P: Si yo lo tuviera que categorizar me repugnaría.

E: Y luego está lo otro, el gran misterio, lo que se descubre y no se busca… aquello que ha sido motor para todos, al menos, 1 minuto cada día.

Beatriz se encuentra con Pablo y Elisa en la mesa. Ella debería estar ya en Santiago de Compostela porque el evento es al día siguiente y hay tantas cosas que preparar que nos comentó que estaría allí una semana antes del evento. Se para a saludar a ambos, pero les saluda y se va rápidamente excusando la cantidad de cosas que tiene que terminar.

E: Siempre me han gustado las frases de las servilletas. Esta pone: “Más vale vestir santos que desvestir borrachos”

P: Tú estás borracha y casada y no sé si te toca desvestir o no.

E: Tú estás borracho, soltero y amargado.

P: Sobrios, ebrios… de amor, de sexo…

E: Ya sé por dónde vas.

P: Sabes por donde iría pero no por donde voy, no estoy seguro ni yo…

E: Conozco hasta cuando hablas de esa forma tan ambigua

Pablo coge la cerveza de Elisa y da un profundo trago. La acaba.

E: La cerveza no da cojones.

P: Aquel día me los dio para hacerte dudar durante al menos un día sobre tu decisión de casarte.

E: El alcohol te seca y a ti te secó las valentías y las certezas para decírmelo abiertamente.

P: Normal teniendo en cuenta la reacción que encuentro en ti cuando saco depende qué temas.

E: No me eches la culpa a mí. Te quiero, te quise y supongo que te querré. Sexo era lo único que quisiste ver en mí ese día y como eso querías ver, lo escondí. Te enseñé lo que en 30 años de amistad no puedo hacer demasiado explícito pero estabas demasiado ocupado mirando mi falda.

P: Mientes. Me conviertes en un primate porque así te sientes mejor con tu conciencia.

E: Te convierto en un primate porque no te entiendo, ni aquel día, ni hoy te entiendo. Parece que el amor que buscas expira en 20 minutos.

P: No tiraría nuestra amistad a la basura por algo tan barato. Me ofendes. ¿A eso crees que llegaría? ¿Crees que no tengo valores? ¿Crees que no respeto al que tú decidiste llamar marido?

Entra Carlos, camarero del pub irlandés.

Carlos: Esta es la cuenta. ¿Sois amigos de Beatriz? Se casará mañana en Santiago y se separará al poco tiempo, al menos es muy probable. La amistad que tiene Beatriz con el dueño de este pub sabotearía todo proyecto de vida.

Elisa: No sabía que los camareros fueran tan bocazas.

Carlos: Eso lo ha dicho usted. La verdad es aunque no se diga.

E: Se hace mucho daño con ese tipo de comentarios. Lo único que me pregunto es que sacas tú a cambio.

P: Ya basta. Lo que haga Beatriz con su vida es cosa suya. Lo que sí me importa es que mequetrefes como tú hablen con cualquiera de cualquiera.

E: Eres repugnante. Tu imprudencia o ignorancia puede destruir una vida.

P: Puedes convertir un bache en un acantilado.

Carlos se ríe y se marcha

E: Y será mañana, y será más que lo que esperamos, les unen lazos fuertes desde hace años.

De eso estoy segura.

P: Y comeremos bien, y estaremos de pie, quizá bailemos.

E: Bailar, bailar, bailar.

Alex Muñoz

 

La inminente ocurrencia de X

Andrew y Ben están sentados en las escaleras de entrada del edificio, 10 escalones viejos delante de una puerta llena de desconchones. Son amigos desde niños. Andrew tiene 27 años y Ben 29.

Andrew: Me pregunto si será puntual.

Ben: No creo que lo sea, es difícil.

Andrew: Yo creo que sí, han cambiado mucho las cosas.

Ben: No es algo exacto.

Andrew: Antes tenía todo más emoción. No tener certeza, era más bonito. Ahora hasta se puede anticipar. Incluso hasta el lugar y la hora.

Ben: Eres un romántico… No llegarás muy lejos con esa manera de ver la vida. Es ridículo. No va a pasar.

Andrew: (silencio)

Ben: Ya aprenderás, ya…

La gente camina tranquila por la acera. Andrew y Ben miran a su alrededor, con la mirada perdida. Por delante de ellos pasa una madre joven empujando un carrito de bebé, paseando tranquila. Unos niños juegan con el agua de una boca de incendios. Hace calor, el ambiente es tranquilo y ocioso. Hay un sol abrasador.

Andrew: Igual teníamos que haber abandonado la ciudad… Va a ser muy peligroso quedarse.

Ben encuentra en el suelo un periódico de ese mismo día. Andrew sigue mirando la calle, aparentemente tranquilo.

Ben: ¡No me lo puedo creer! – mirando el periódico – Andrew mira al cielo.

Ben: ¿Cómo no me lo has dicho? ¡Eres lo peor! Viene hacia aquí y ¡¡es enorme!! ¡No podremos escapar! ¿Cómo has podido? Te mataría con mis manos si pudiera… No me esperaba algo así de ti… ¿cómo no me has avisado? ¿Qué hacemos ahora?

Andrew: Pensaba que no me creía, que no podía pasar… Yo soy un romántico, un crédulo. Ahora verás quien tenía razón, quizás así me respetes.

Ben: silencio, comienza a llorar intensamente como un niño.

Andrew: Tranquilo, podemos usar ese banco de ahí delante y cubrirnos con él. Y esa papelera… los cartones de la basura… Podemos hacernos un fuerte.

Ben sigue llorando. Se ponen a ello. Enormes nubes negras empiezan a cubrir el cielo. Sopla un viento cada vez más fuerte.

Ben: ¿Recuerdas cuando fuimos a dormir al bosque?

Andrew: ¡Cómo olvidarlo! Teníamos 12 años y era nuestra primera acampada sin mayores.

Ben: Yo llevaba la tienda y tú la comida. Y, ¡menos mal! Porque de no ser por mi hubiéramos dormido al raso bajo las estrellas.

Andrew: ¡Qué dices! Si la tienda era de mi padre y la monté yo solo. Tú te estabas peleando con el mechero para poder hacer fuego.

Ben: Sí, hice el fuego y monté la tienda, mientras tú estabas pasmado, mirando al cielo, soñando como siempre.

Andrew: ¡Que no! ¡Siempre haces lo mismo! Recuerdas las cosas a tu manera. No hay una única verdad. Tú tienes la tuya propia, yo tengo la verdadera.

Ben intenta abalanzarse sobre Andrew cuando suena el primer trueno. La calle está absolutamente desierta. Ya no hay niños jugando ni nadie paseando.

El ruido del trueno es tan fuerte que les deja paralizados. El terror se refleja en sus rostros. De repente, al final de la calle aparece un jardinero, barriendo las hojas que hay en el suelo, con un soplador. Se acerca a los dos amigos y les pide fuego. Ben saca un mechero y se lo da.

Jardinero: Encendiéndose el cigarro- Pues se ha quedado buena tarde…

Andrew le mira sorprendido.

Ben: ¿Pero qué dice? Si se está acercando un huracán de fuerza 5 y va a arrasar la cuidad…

Jardinero: ¡Bonito fuerte! No os preocupéis, que aguantará. Es solo una tormenta de verano. Cuatro gotas y se acabó. Llevo 40 años trabajando al aire libre, sé leer las señales. No durará más de 10 minutos, un chaparrón.

Andrew: No puede ser… todo el mundo lo sabe, está en los periódicos – Le enseña el periódico-

Empieza a llover torrencialmente. Los 3 se quedan quietos, Andrew y Ben esperando lo inevitable. El jardinero sigue fumando tranquilamente. A los 10 minutos aparece un rayo de sol. Andrew y Ben se miran incrédulos. Asienten.

Andrew y Ben, al unísono: ¡Como aquella vez en el bosque!

Andrew agarra un tablón de madera del banco y golpea en la cabeza al jardinero. Ben coge el soplador, le cambia el sentido al motor y aspira al jardinero, que desaparece. Andrew se sienta en la escalera y Ben deja a un lado el soplador.

Andrew: Dame fuego.

Ben saca el mechero, se lo da y se sienta.

Andrew: Pues se ha quedado buena tarde…

Beatriz Hernández

 

FAMILIA DE BIEN

B. Timmy está en Londres, lo va a hacer (exclama emocionado).

A. Sera gilipollas.

B. (con una sonrisa y visiblemente emocionada) lo va a hacer.

A. Va a ser súper incomodo, es demasiado perfecto, como puede ser tan bobalicón, menudo desengaño.

B. Es bonito y generoso.

A. Pagar tanto dinero para pasarlo mal, ¡¡qué bochorno!! hay que ser ridículo.

B. Es romántico, el romanticismo es bello, no como otros que parecen una lija.

A. Soy realista, una persona del siglo XX.

B. Cielo, eres una autentica lija. Ojala le salga bien, sería tan feliz, quiero verlo todo.

A. Iluso y patán ¿qué necesidad tiene?

B. Es uno de los últimos románticos, si todo el mundo fuera como él, la tierra sería maravillosa.

A. Aburrida.

B. Pues preferiría estar con alguien valiente como él, alguien de verdad.

A. Que vivan los pajaritos en la cabeza.

B. Hay un una barra de carmín Burgundy mate en la mesa de su habitación, Marta es más de Peach Gloss.

A. No, no es de Marta, será de Sara o Margarita. La camiseta de allí creo que se la he visto a Lola… Al final ha salido igual que su padre… a… su edad,

B. La bobalicona soy yo.

A. Mi bobalicona eres tú.

B. Te quiero… porque siempre le das sentido a mis estupideces.

A. Siempre eres un poco gilipollas.

B.Y aun así te casaste conmigo.

A. Te odio.

B. ¿Me odias?

A. Te odio tanto que me case contigo. Eres el ser que más odio…

A. Venga vamos a quemar todas las cosas de sus amantes, antes de que Marta las encuentre y trae el teléfono al balcón. Presumamos ante las vecinas del futuro casamiento de Timmy.

B. Eso, eso que sea público que todos los vecinos se enteren, y se mueran de envidia, que se entere todo el pueblo. ¡¡¡TIMMY Y MARTA!!!

A. La primera vez que te llamé por teléfono me salió tu padre y me puso fino filipino. Sentí mucho miedo. Me llamo durante 5 días, llamadas de 1 hora para carrañarme y asegurarse de que soy un hombre derecho.

B. Le tenías miedo, me encantaba verte tan… tierno y blandito.

A. Sentía pavor cada vez que sonaba el teléfono tu padre…Era un maleducado y un gañan.

B. Imposible… Mi padre es la persona más dulce del universo. Algo malo vería en ti.

A. ¿Qué va a ver?

B. Era un hombre sabio. Ojala le hubiera hecho caso

A. Si le hubieras hecho caso ¿Qué?

B. Sería más feliz.

A. ¿Tú?…Yo sería más feliz.

B. Los dos seriamos más felices…

A. Los dos seriamos más felices…

A y B a la vez ¡¡NOS RECASAMOS!!!

A. Siempre me gusto fastidiar a tu padre.

B. Igual que a Timmy le gusta fastidiarte a ti.

A. Hagamos una boda doble que es más barato.

B. Amor, tu siempre tan eficiente, pero eso es una vulgaridad, quiero volver a ser la protagonista. La más guapa.

A. Cenamos.

B. Pan, jamón y tomate.

A. Tortillita a la francesa con queso y jamón serrano, que hoy cocino yo.

Pasa un bonito joven rubio cerca del balcón

Chico rubio bonico. – Buenos días suegra, buenos días suegro, les traigo huevos de las gallinas de mi casa.

B. ¿Suegra? ¿Cómo que suegra?

Chico rubio bonico – Bueno… Usted es la madre de Timmy… ¿no?

A. Y yo el padre.

Chico rubio bonico. – Pues eso, mis suegros.

B. ¡Baja la voz y calla ya! Tú eres un hombre y Timmy es otro hombre.

A. Mi Timmy es un don Juan que se lleva a todas las chicas de calle.

B. Claaaaaro, tu eres un admirador…es tan guapo mi Timmy.

Chico rubio bonico. Soy su pareja.

A tira el teléfono por el balcón que queda colgado del cable.

B. Cielo coge el teléfono, y tu desvergonzado, entra a la casa.

El chico rubio bonico entra en la casa. B Prepara un té, mientras A abre el cajón y saca un arma. A dispara al chico bonico. B Limpia el suelo con lejía. A coge el cuerpo y lo baja a la bodega, lo apila encima del cuerpo de un pelirrojo. Suena el teléfono

B. Cariño corre que será Timmy para decirnos que se casa.

A. A mi pequeño Don Juan, se le acaba ya esto de ligarse a todas las jóvenes del pueblo. Le buscaremos una amante.

B. Marta, la perfecta y sosita, para esposa y Sara, la demasiado alegre, para amante.

A. Como buen hombre de bien. Vamos a ser la envidia de todo el pueblo.

B. De la comarca, mi vida, de la comarca y tendremos 5 nietos a los niños les enseñaras a cazar y a las niñas las enseñare a bordar.

Blanca Encuentra

 

La inminente ocurrencia de X

Anthony es un albañil de unos 50 años que está trabajando en casa de Bárbara; una arquitecta de unos 30 años que acaba de comprar una casa victoriana y que necesita reformar.

A. -Ya está listo el presupuesto, aquí lo tiene.

B. -¿Pero lo incluye todo? Todo lo que pedí…

A. -Sí, ya le dije que seguramente no será posible hacerlo. Pero como insistió tanto, lo he puesto.

B. -Debería confiar más en la gente. Esta vez, todos queremos un cambio.

A. -Si yo encantado con poder hacerlo y con que haya un cambio, pero es que esto ya lo hemos vivido antes y al final nunca pasa nada; todo sigue igual.

B. -Pero nunca antes había habido una necesidad tan clara de atajar este problema. Cada vez es más grave. El Movimiento para la Conservación Arquitectónica ha organizado una manifestación para la reclamar la restauración de edificios del s. XIX en Londres.

A. -Y luego están esos del MCA, menuda quieren organizar el viernes.

B. -Bah, son cuatro viejos seniles sin otra cosa mejor que hacer.

B. -Acaban de traer el periódico. (Largo silencio mientras revisa los titulares de la portada) –No lo puedo creer. El Partido Reformista dice ahora que lo importante es conservar las buenas tradiciones y centrarse sólo en cambiar lo negativo.

A. -Bueno, es que esos eran unos radicales cuando no eran nadie, pero ahora que se ven cerca del poder…

B. -¿Qué quiere decir? Siempre han mostrado su espíritu inconformista, incluso cuando empezaron a gobernar en condados acomodados.

A. -Ya, sí…

B. -¿Insinúa que no fueron realmente innovadoras sus medidas en Bristol, West Sussex o Kent? No entiendo esa actitud y esa desconfianza hacia ellos.

A. -Mire, vamos a dejar esos temas. Lo mejor será ir quitando las vigas del tejado. Porque eso hay que hacerlo de cualquier modo…

B. -Pero se puede caer el tejado.

A. -Se puede caer no, lo vamos a tirar.

B. -¿Está usted loco? No podré vivir aquí.

A. -Por eso mismo, al ayuntamiento no le quedará más remedio que aprobar la reforma del te

B. -Supongo que se puede presionar con eso. Quizá pueda hablar con una amiga para que lo publique en el periódico local, así más gente sería consciente del problema.

A. -Claro que sí. Como aquella familia que necesitaba ayuda para el trasplante de su hija.

B. -Es verdad, aquel artículo nos tocó el corazón a muchos.

A. -Y la familia consiguió lo que necesitaba.

B. -Bueno, consiguieron algo de apoyo. Pero no lo necesario para llevar a la niña a ese hospital de Estados Unidos.

A. -Consiguieron el trasplante prioritario aquí, en Addenbrookes, que es mejor hospital que cualquiera de Estados Unidos.

B. -Sí, eso es verdad, es muy buen hospital. Pero es que las listas de espera son interminables.

A. -Claro que son interminables, porque la privada en increíblemente cara… Por no hablar de todos los extranjeros que se aprovechan de nuestro sistema público.

B. -¡Ya está bien! (Una pequeña pausa para encararse con Anthony) -No tolero que diga que los extranjeros se aprovechan de nuestra sanidad. La gente prefiere la sanidad pública porque es mucho es mejor que la privada y, por solidaridad, debemos facilitarle el acceso a quien no la tiene en su país de origen. Empiezo a estar un poco harta de su actitud.

B. (Suena el timbre y mira hacia la puerta todavía con desaire) -¿Quién será ahora? (Abre la puerta) -¿Hola, en qué puedo ayudarle?

Clarise. -Hola, buenos días. Mi nombre es Clarise Shepherd. Soy la presidenta de Nueva Arquitectura Residencial; una asociación que difunde…

B. (Le interrumpe) -Sí, la conozco. ¿A qué se debe su visita?

C. -Conocemos sus proyectos y nos gustan mucho porque son muy innovadores.

B. (Le vuelve a interrumpir) -Transgresores, según algunos…

C. -Sí, bueno, el caso es que hemos sabido que ha comprado recientemente esta casa de estilo victoriano. Nos ha sorprendido mucho dado su estilo vanguardista y nos gustaría saber qué planes tiene para reformarla.

B. -Pues la verdad es que me gustaría poder poner en práctica algunas de mis ideas… (pausa) – Muchos clientes no se atreven con esos diseños.

C. -Eso imaginaba… (silencio apesadumbrado) -Precisamente por eso, he venido a visitarle y a advertirle que, dadas las circunstancias, mucho me temo que le va a costar mucho poder llevar a cabo sus planes.

B. -Ya sé que no será fácil. Pero hay una posibilidad de cambio inminente y cada día somos más los que respaldamos la liberalización de las reformas en edificios decimonónicos.

C. -Lamento decirle que ese cambio no se va a producir, al menos no en el corto plazo. (Pausa) – Hemos hablado con algunos miembros del PR y nos han hecho saber que no está entre sus prioridades.

B. – ¿Cómo que no está entre sus prioridades? Pero si es una reclamación popular cada vez más extendida. Ustedes tienen que hacérselo ver.

C. -Lo hemos intentado, pero no hay nada que hacer… (Baja los brazos mostrando las palmas de las manos en señal de impotencia).

B. -Está bien, gracias por su visita. Si me disculpa, estábamos moviendo unas vigas y tenemos que acabar antes de mediodía. Adiós.

B. -No lo puedo creer. Qué espíritu más derrotista.

A. -Ya le dije, la gente habla mucho, pero a la hora de la verdad… (Pausa) -Todo el mundo quiere su jardín bien cuidado y su taza de té a las 5.

B. -Pues yo no. Yo voy a luchar y arrebataré a esa perdedora la presidencia del NAR.

A. -Conozco otros constructores y arquitectos que la apoyarían.

B. -Así podremos volver a luchar para que el nuevo gobierno por fin liberalice las reformas en edificios residenciales del s. XIX con arquitectura victoriana.

Jesús Gómez

 

EL PAQUISTANÍ NO ABRE ANTES DE LAS NUEVE

A, Tam, es un hombre de unos 20 años. Lleva un chándal negro con parka encima y una mochila de deporte.

B, Rab, es un hombre de unos 40 años. Lleva vaqueros y una vieja sudadera manchada de pintura blanca seca, a pesar del frío invernal, y una mochila muy sucia.

Ambos tienen pelo rubio sucio y el mismo corte de pelo muy corto sin peinar. Están en la calle en una esquina delante de una antigua fábrica con un gran reloj en la fachada y al lado de un gran centro comercial con comercios más pequeños enfrente. Todo está cerrado. Apenas amanece.

RAB – (Encendiendo un cigarrillo) ¿No fumas jefe?

TAM – Acabo de apagar uno. Me sentó fatal. Casi vomito macho.

RAB – Resaquita dominguera. Lo normal para tu edad. Yo siempre solía vomitar cuando tenía tu edad. Con los años y la práctica me acostumbré. Aprendí a beber, a mantener lo pagado. Ya no me afecta. Y no como los que se hacen blandos. Constitución de hierro.

TAM – (Sonriendo) Oxidao.

RAB – (Sonriendo) Insolente. Te deshueso. (Le guiña el ojo a Rab) No, en serio. Ya no me afecta. Habrás bebido la mitad de lo que yo tragué anoche. Y allí fuera ni se me nota. Soy más lento, eso sí. Pero allí fuera no se me nota. Soy como el director de orquesta.

TAM: Hoy casi no llego. Pensaba que llegaba tarde, pero llegué. Antes de ti y antes de la hora. (Mira su reloj) Menos cuatro.

RAB: Ya. Me entraron ganas de cagar justo cuando salía.

TAM: No esperan ellos. Llegan a las nueve en punto siempre. Bueno, a veces las nueve y un minuto. Nunca más tarde. Aunque una vez…

RAB: Llegamos de sobra, incluso demasiado temprano con el frío de pelar huevos que hace. Tengo los pezones que cortarían cristal.

El gran reloj detrás de ellos en la fachada de la fábrica marca las nueve y cinco minutos.

RAB: (Mirando subir la persiana de la tienda de alimentación enfrente) Me cago en Dios. En Alá, digo, está abriendo el paquistaní. Ese nunca abre antes de las nueve. ¿Qué hora tienes?

TAM: ¿Yo? Las 8:57.

RAB: (Mirando su móvil) Yo también. El paquistaní abre pronto por primera vez en su puta vida. Igual me cojo una Coca-Cola si da tiempo. (Mira atrás y ve la hora en el reloj) ¡Hostia puta! Las nueve y cinco, coño. Ha pasado la hora. Es tarde, habrán pasado ya. No esperan. Llegan a las nueve en punto siempre. Bueno, a veces las nueve y un minuto. ¿Dónde coño vas tú con 57? Si el paquistaní está, es que llegamos tarde. Vamos, me tienes aquí esperando para nada. Gilipollas.

TAM: No, el reloj está mal. (Pausa) Oye, propúlsame el pie.

RAB: ¿Qué?

TAM: Asciéndeme, Rabster.

RAB: ¿Qué?

TAM: Súbeme, Rabbie Burns.

RAB: Llámame así otra vez y te arranco la puta mandíbula. ¿Qué coño estás diciendo?

TAM: Entrelaza los dedos así, sujétame el pie y propúlsame, que subo a cambiar las agujas y pongo bien la hora.

RAB: ¿Qué pollas va a hacer eso? ¿Sabes dónde te propulso? Te propulso al puto escaparate aquel. Gilipollas.

TAM: Boaby-boy, todos van con el reloj. Mira el paquistaní. Súbeme y lo cambio, y ya vendrán.

RAB: Me vuelves a llamar así y te rajo una nueva sonrisa. (Pausa) ¿Qué coño tienen que ver los relojes con la hora? Pensaba que tenías resaca, ¡pero sigues pedo!

TAM: En serio, Rab. Todos van con el reloj del Cronos. Súbeme y verás. Si no tengo razón, no pierdes nada. Si tengo razón, y la tengo, todavía llegan. Llegamos a tiempo.

RAB: Me cago en todo. Venga, sube. A ver si cambias las agujas o te abres el cogote.

TAM: Hup. (Saltando) Voy. (Empieza a escalar)

RAB: Hostia puta, sí que se te da bien escalar. ¿Te acuerdas de McGowan’s? ¿En verano, cuando te presentaron a los chicos? Me decía yo, “Este es un paquete”.

TAM: (Escalando) ¿Un paquete?

RAB: Hablabas raro. Tenías cara de maricón. Te follaste a la Jilly la gorda, la camarera. Vamos, digo, “Este va a ser un paquete”. Y luego no. No eras un paquete para nada. Has sido bueno, individualmente y para el conjunto.

TAM: Tu puta madre Rab. Te permito paquete, pero con lo otro no se jode. Y aparte de eso, tú no estabas cuando pasó lo de Jilly la gorda. Y que sepas que yo la quiero. Cada vez que cierro los ojos y exhalo, veo a Jilly la gorda.

RAB: Eh, cuidao, te acabo de echar un piropo coño.

TAM: Joder, hay límites de respeto, ¿qué quieres que te diga?

RAB: ¿Qué? ¿Por maricón? ¿Crees que soy homófobo o algo? Todo el mundo sabe que ya no se usa maricón para los maricones. Sabes, los gays. No se usa maricón para insultarles a ellos. Si fueras maricón, no te llamaría maricón, maricón. ¿Qué, crees que soy un puto cromañón? Maricón es un insulto para tíos que demuestran características no dignas de un hombre. Como tú, que no sabes aceptar un puto comentario.

TAM: (Moviendo la aguja larga del reloj) A mí me da igual que seas un homófobo inseguro, un cromañón o un activista a favor de la reasignación de términos ofensivos, Rab. Mi padre me decía que nunca dejara que me llamen maricón. Me decía, “Si dejas que te llamen maricón, estás hundido”.

(Deja la aguja en menos cinco y mira a Rab)Ya está. Lo he dejado en menos cinco. Da más margen.

Tam empieza a bajar

RAB: Además, los gays, de maricón tienen poco. Se follan con otros hombres. Por el culo. Y eso es asqueroso. Tendrán que tener el estómago de hierro…

TAM: ¿Una constitución de hierro como tú?

RAB: ¡Ya te vale! Te juro que una salida más y te dejaré la cara como un puto Picasso.

Tam baja del todo, terminando con un salto y limpiando las manos en el abrigo

TAM: Ya está. Mira. (Señala la tienda de alimentación con la persiana bajada de nuevo)

RAB: Joder. Bien. Eres menos maricón de lo que pareces…

TAM: ¡Joder! Qué te den, Rab…

De pronto, Rab le agarra del cuello a Tam y le arrastra como se fuera un muñeco. Tam estrangula el joven, que bate los brazos inútilmente. Le acerca la cabeza hasta ponerse ojo contra ojo

RAB: (Entre dientes apretados) ¡Te reviento gilipollas! ¡Yo te digo lo que me da la puta gana! ¿Vale? Me contestas otra vez y haré que te tragues la puta lengua. (Le tira al suelo)

TAM: (Respirando con dificultad) Coño. Vale. Tranquilo. El reloj está puesto y llegan, ¿vale?

RAB: Puto niñato de los cojones. ¿Ves? Un agarre de hierro.

Llega Saturnino, un hombre de unos 60 años con barba blanca, lleva un traje azul marino y unas zapatillas blancas sucias.

SATURNINO: (Mirando el reloj) ¿Quién ha sido el gilipollas que me ha tocado el reloj?

RAB: ¿Con quién coño estás hablando?

SATURNINO: (Mirando a Rab y Tam) Eso me gusta. Así hay que empezar un domingo, coño. No hay nada que cure la resaca como una buena pelea. (Se acerca a Rab, le ofrece un cigarrillo de su paquete)

RAB: Tengo más hostias para regalar, Papá Noel.

SATURNINO: (Se ríe a carcajadas) Papá Noel, ¡qué bueno! Pues toma chico, que te has portado bien este año. (Saturno sonríe, guiña el ojo a Rab, vuelve a ofrecer su paquete de cigarrillos y vuelve a reír. Rab le mira con cara enfurruñada pero le coge un cigarrillo)

RAB: Como no me quedan y resulta que eres Papá puto Noel, te cojo uno.

SATURNINO: ¡Bien! Saturnino me llaman. (Extiende la mano a Rab)

RAB: Rab. (Le aprieta la mano rápidamente)

TAM: ¿Ahora no tienes? Si antes me ofrecías uno.

RAB: Tú no sabes callarte nunca. (Rab le pega una patada muy dura a Tam en la tripa. Tam se retuerce de dolor en silencio, después de una pausa, exhala y luego vomita unos chorritos de bilis)

SATURNINO: Patadón de hierro. (De repente viendo y señalando la tienda de alimentación enfrente) ¡Eh! El paquistaní no está abierto! (Mira el reloj en la fachada de la fábrica que indica las nueve menos tres minutos) ¡Malparidos! ¡La reputísima madre que les parió! Van y lo cambian. (Abriendo y extendiendo un palo telescópico) Si bajé anoche para adelantar la hora, fue por algo. La hora correcta la pongo yo. Y van y lo cambian. (Mueve las agujas del reloj con el palo a las nueve y cinco. Se gira hacia Rab y Tam). Ese es mi reloj. Todos van con ese reloj. (Se oye subir la persiana de la tienda de alimentación enfrente) Así cojo panecillos, la leche, el periódico. El paquistaní no se levanta antes de las nueve y me jode bajar y tener que esperar como un gilipollas con la polla en la mano.

RAB: (Pausa) Si son y cinco, ya habrán pasado. No esperan. Llegan a las nueve en punto siempre. Bueno, a veces las nueve y un minuto… (Se acerca a Saturnino) Oye, Padre Tiempo, los subnormales somos nosotros. ¿Has oído cómo nos ha llamado, Tambo? (Se gira hacía el joven, quien está reincorporándose)

SATURNINO: Venga, hombre. Todo el mundo sabe que ya no se usa subnormal para los subnormales. Sabes, los de discapacidad intelectual. No se usa subnormal para insultarles a ellos. Ni retrasado mental. Que es peor, porque con retrasado parece que van a llegar, y los pobres no llegan nunca. No pueden. No, subnormal es como maricón. Subnormal es un insulto para tíos que demuestran comportamientos por debajo de su nivel intelectual. Así que no te ofendas, solo me he cabreado porque el paquistaní estaba cerrado.

RAB: Nos ha dicho subnormales, Tam. No puedes dejar que te llamen subnormal, Tam. Si dejas que te llamen subnormal, estás hundido. (Rab le arranca el palo telescópico a Saturnino. Tam se echa encima del viejo, cogiéndole de las solapas y plantándole un brutal cabezazo, explotándole la nariz)

RAB: ¡Olé! Ese es menos maricón de lo que parece. (Se gira, se acerca con el palo telescópico a la fachada de la fábrica con el reloj)

TAM: ¡Escupe! ¡Escúpelos! ¡Deméter! ¡Hera! ¡Hades! ¡Poseidón! ¡Hestia! ¡Es-cu-pe-los! (Pegando fuertes patadas en la tripa del hombre mayor tendido en el suelo al ritmo de las sílabas) ¡Cro-no! ¡Cro-no! ¡Sa-tur-ni-no!

RAB: (Moviendo la aguja del reloj con el palo) Lo dejo en menos diez, así nos da margen. ¿Qué te parece hijo mío?

TAM: ¡Bastardo!

(Tam se gira hacia Rab. Ambos miran el reloj, que marca las nueve menos diez. Rab cierra el palo extensible. Lo tira al suelo. Tam cierra los ojos, exhala, los vuelve a abrir. Mira la tienda de alimentación con la persiana bajada. Los dos hombres, Tam y Rab, están solos)

RAB: ¿No fumas jefe?

TAM: No. Acabo de fumar uno. Me sentó fatal.

RAB: Me tomaría una coca cola. Pero el paquistaní nunca abre antes de las nueve.

TAM: Nunca he entendido por qué le llaman el paquistaní, si es un pelirrojo con pecas. Si ese tío es más blanco y más celta que yo. Los paquistaníes son madrugadores, y tienen una constitución de hierro. Ese de paquistaní no tiene nada.

RAB: Pues claro. Paquistaní ya no se usa para los de Paquistán. Es algo que se usa para tíos que llevan tiendas de alimentación.

Luc Ciotkowski

 

LILI y PAUL están en un salón, nerviosos, esperando

LILÍ.- No puede faltar mucho.

PAUL.-O sí, no sabemos.

LILÍ.- Hace ya más de una hora.

PAUL.-Sí, pero le tendrán que registrar.

LILÍ.- Qué frío

PAUL.-Es lo normal.

LILÍ.- Dirá que le saquemos, que no tiene ningún sentido.

PAUL.- El sitio era bonito. El personal amable. Yo no le vi mal cuando le dejamos.

LILÍ.- ¿Y si se ha escapado?

PAUL.-¿Cómo?

LILÍ.- Sí. ¿Y si se ha ido sin avisar?

PAUL.-No. Nos habrían llamado.

LILÍ.- ¿Habrá algo de cena?

PAUL.-¿Tienes hambre?

LILÍ.- No sé qué tengo.

(Cae un trueno en el cable del poste de teléfono, rompiéndolo.)

PAUL.-La que está cayendo.

LILÍ.- Es que es lunes.

(Paul pasea por el salón y encuentra una tarjeta negra y blanca)

PAUL.-Una tarjeta para blanquear dinero. ¿Es tuya?

LILÍ.- ¡Qué dices!

PAUL.-Había oído hablar de ellas, pero nunca había visto ninguna.

LILÍ.- Es de papá. (Pausa) Me dijo que hacía tiempo que la había destruído, que ya no estaba en eso… Pero ahí la tienes.

PAUL.-No sabía nada.

LILÍ.- Me enteré por casualidad.

PAUL.-Seguro que nos llaman para decir que se ha largado. ¡Seguro que está ya lejos del Centro, bebiendo en algún bar! ¡Es un puto mentiroso! Eso no se cambia.

LILÍ.- Paul, tranquilo.

PAUL.-Y tú, otra. ¿Por qué no me lo dijiste?

LILÍ.- Me dijo que ya no la usaba, que la había destruido. (Pausa) Paul, estamos nerviosos. Es normal. Ojalá llamen pronto y nos digan “Su padre ya está ingresado, con voluntad y asumiendo su condición. Pero hasta que eso ocurra, limpiemos esta atmósfera de mierda.

PAUL.- ¿Qué?

LILÍ.- Cuando quieres que las cosas sucedan, hay que llamarlas. Pongamos el salón como queremos que sea el salón de nuestro nuevo padre: un padre recuperado.

PAUL.-Estás loca.

LILÍ.- ¿Tienes algo mejor que hacer?

PAUL.-No.

LILÍ.- Al menos le pegamos un repaso a la casa.

(Se ponen a recoger el salón.)

PAUL.- ¿Este cenicero no estaba en casa de la abuela?

LILÍ.- Sí.

PAUL.-La abuela tomaba vermú en verano.

LILÍ.- En la playa.

PAUL.-Sí. Y nosotros Fanta y ganchitos.

LILÍ.- Que yo traía. Porque tú me mandabas.

PAUL.-Te encantaba ir. Te hacía sentir mayor.

LILÍ.- No. Te daba miedo o vergüenza ir al chiringuito y me mandabas a mí.

PAUL.-Alguna vez, puede ser.

LILÍ.- Siempre.

PAUL.-Eras muy pequeña, no te puedes acordar.

LILÍ.- Precisamente porque era muy pequeña me acuerdo perfectamente. Me dejabas sola.

PAUL.-Te veía desde la sombrilla.

LILÍ.- Me podría haber secuestrado o violado cualquier señor.

PAUL.-¡Qué dices!

LILÍ.- Un día, mientras pedía el vermú de la abuela y nuestros ganchitos, me tocó un hombre.

PAUL.-No. No mientas.

LILÍ.- Sí. A lo mejor lo viste desde tu sombrilla.

PAUL.- ¡Qué dices! ¡Cállate!

LILÍ.- O a lo mejor no lo viste porque era tan pequeña que me tapaban todos los señores que estaban ahí.

PAUL.-Estás loca.

LILÍ.- No puedes saberlo.

PAUL.-Que estás loca sí lo sé.

LILÍ.- Me tocó, te digo. Si hubieses estado…

(Paul coge el cenicero y lo eleva amenazadoramente frente a su hermana)

LILÍ.- ¿Qué haces? ¡Deja el cenicero! ¿Quién está loco ahora?

(Entra una mujer con sus propias llaves a la casa. Tiene unos sesenta años.)

MARGARET.-Qué limpio todo.

LILÍ.- ¿Quién es usted?

MARGARET.-Siempre os vi en fotos, pero os parecéis más a vuestro padre así en vivo… Qué guapos…

LILÍ.- Le he hecho una pregunta.

MARGARET.-Conmigo no le hubiesen salido así los hijos. Eso seguro. Menos mal que a nosotros nos pilló ya mayores esto del amor.

PAUL.- ¿Amor?

MARGARET-Me han llamado. Lo han encontrado ahorcado en su habitación, al poco de ingresar. Me he quedado media hora quieta en mi portal. Cómo cuando hay vuelta ciclista y pasan tan rápido delante de ti que crees que el mínimo movimiento te hará caer hacia la carretera, hacia ellos.

LILÍ.- ¿Quién es usted?

MARGARET.-Ya no soy nadie. ¿Ya qué más da lo que yo sea?

(Paul coge el cenicero de la abuela y se lo estampa en la cabeza a C, que cae al suelo muerta.)

PAUL.-Ayúdame a dejarla en el balcón. La descuartizaremos y echaremos al camión de la basura. Papá no querrá ver un cadáver cuando regrese.

(Mientras se ocupan los dos del cuerpo)

LILÍ.- Seguro que llama ahora, no puede faltar mucho.

PAUL.-Es un buen centro. Le va a gustar. Hay un jardín grande.

LILÍ.- ¿Quiere

Paloma Córdoba

 

Harold Pinter – DÍA

Gavin y Terry son dos banqueros que están en la oficina a la 1 del mediodía. Ambos rondan los 50 años.

Gavin: ¿Ya han llegado?

Terry: No, y empiezo a estar nervioso.

Gavin: Rel a a a a a a a a x, ¿Estás relajado?

Terry: ¿Cómo voy a estar relajado con la que se nos puede venir encima? ¿Tú recuerdas las veces que nos hemos imaginado vivir la vida sin frenos?

Gavin: Bueno, me siento confuso con lo que vendrá después. ¿Acaso ves claro que esta operación nos va a hacer despreocuparnos de todo para siempre?

(Terry se acerca a su escritorio y mueve el abrecartas que tiene encima de la mesa haciendo ruido sin parar)

Terry: ¿Estás tranquilo?

Gavin: Si, ¿no lo ves?

Terry: ¿Qué ha sido eso? Me ha parecido que llaman a la puerta, ¿Acaso será la valija trayendo lo que tanto deseamos?

Gavin: Yo no oigo nada. Recuerdo que tú sueles tener alucinaciones.

Con una carencia de entusiasmo por hacer la entrega, la persona responsable de la valija hoy está con dolor de cabeza agudo tumbado en el sofá de su casa.

Gavin mira al suelo. Debajo de la cajonera de su mesa encuentra su alianza, perdida desde hace días. Hace 26 años su mujer se lo regaló el día de su boda. En ese momento él la recuerda, recuerda sus rizos dorados y su cara pálida y bella. De pronto siente una rabia inmensa hacía Terry.

Gavin: Terry, esto es una señal. Mi mujer nunca me perdonaría salir huyendo sin dejar rastro. Lo llevaba buscando desde hace días.

Terry: ¿Ahora vas a venir con estas? ¿En serio? Dice farfullando y rechinando sus dientes con rabia.

Gavin: Soy un hombre joven, con dos hijos y una mujer. Ellos me necesitan aquí, yo no les puedo hacer esto. Dijo exaltado.

Terry: ¿Habitualmente el tipo de la valija viene a esta hora? Recuerdo que antes si llegaba sobre la hora de comer. Mira cógete la silla y acércatela a mi

mesa. Voy a compartir contigo estas lentejas mientras él viene. No quiero que venga y se encuentre la puerta cerrada. Hoy no vamos al comedor.

Gavi: ¿Te acuerdas de la última vez que comimos lentejas juntos en la calle Marble Arch?

Terry: Si, también me acuerdo de la borrachera tan tonta que te cogiste delante del director del Gobernador.

Gavi: ¡Que dices capullo! SI aguante el tipo como un señor.

Terry: Me asuste al verte así.

Gavi: Eres un sin vergüenza. Siempre quieres quedar por encima.

Terry: Que cabrón, en cuanto puedes, subes el codo que da gusto.

Gavi: ¿Qué pasa? ¿Estás dolido y por eso me atacas? Siempre he sido más profesional que tú.

Terry: ¿Pero que me cuentas tío? Eres un desgraciao y siempre lo has sido. Me tienes envidia y sabes que en el banco me valoran más que a ti.

Entra el director europeo del banco, un español que viaja por Europa sin parar entrado en sus 60. Ha aterrizado de Alemania hace escasa media hora, allí ha cerrado operaciones importantes. Viene malhumorado

Piffs: Parece que se ha quedado un bonito día en Madrid. Normalmente esta ciudad me recibe con lluvia y frio. ¿Y las tarjetas blancas? ¿Ya están en vuestras manos? ¿sabéis que lo que pretendéis hacer se llama D E L I T O? Soy un hombre entrado en edad, son muchas canas de experiencia ya y esto no me gusta un pelo. Que dos listillos se crean más listos que yo es algo que no puedo pasar por alto.

Terry mira a Gavi y le hace un gesto para que le ayude a quitarse a Piff de encima. Terry es cinturón negro de judo y le cuesta tres llaves y media bloquear a Piff y tirarle al suelo bloqueado, mientras se centra en lo que le interesa. Juntos, lo atan de pies y manos y lo meten al cuarto de la limpieza.

Terry: Sigamos comiendo nuestras lentejas, el valijero debe de estar a punto de llegar.

Paloma Esteban

 

LA OCURRENCIA DE X

Luis y Blanca, pareja desde hace 10 años, en el salón de casa mirando el televisor.

L: Pon el canal de noticias, me gustaría saber qué está pasando para saber qué pasará en el futuro.

B: Luis, tienes el mando a tu mano derecha.

L: Ah, ok. Ves, quiero saber el presente para reconocer el futuro.

B: El futuro vendrá, no sabemos cómo, pero vendrá.

L: Y si no conocemos la situación actual, de poco nos servirá lo que nos llega.

B: ¡O si!

L: ¡O no!

B: Quedó buena tarde, anda coge el vaso de agua de la mesa ¡por favor!

L: Acaso no has querido entender alguna vez la verdad.

B: La verdad es que me pases el vaso de agua.

Fuera, en la calle se escucha un fuerte jaleo de gritos. Pronto se oyen las sirenas de los coches de policía. Se ve un cuerpo en medio de la calle. 10 minutos después se ve como cortan la calle.

L: ¿Qué es eso que hay al lado del vaso de agua?

B: ¿Esto? No sé, dímelo tú.

L: Es un caramelo de café.

B: Si, de café parece que es.

L: Parece bien y veo que el envoltorio es negro como los de antes.

B: Así es.

L: El sillón debería ir enfrente.

B: El sillón está bien aquí.

L: La luz entra directamente por la ventana.

B: Y nos da en los ojos.

Tras pensarlo, Luis y Blanca mueven el sofá enfrente y cambian el mueble de la TV

L: El día 20 de Marzo de 2018 fue la última vez que movimos este mueble.

B: Sabemos los dos que este mueble se movió por última vez en 19 de Marzo.

L: Fue el día 20 Marzo, después del cumpleaños.

B: Fue el 19 porque todavía no se había celebrado.

L: Si hubiera sido así toda la celebración no se hubiera podido dar.

B: Si hubiera sido como dices estaría todo patas arriba, incluido tú que estarías muy cansado, como es habitual.

L: Tan cansado como tú, ¿no?

B: Tanto, tanto

L: Parece que alguien se ha levantado con el pie izquierdo.

B: Parece que alguien quiero discutir y pone en duda lo que digo.

Luis, deja de mover el sofá y se acerca a Blanca

L: Nadie puede ponerlo en duda.

Llaman a la puerta y Luis se dirige a abrirla. Un hombre alto y musculado, con un jersey de rombos y unos pantalones Beige está en la puerta.

L: Hola buenas tardes.

C: Hola, soy Carlos.

L: Hola Carlos.

C: ¿Podría pasar?

L: Bueno Carlos, no sé quién eres.

C: Soy el marido de su hija, vengo desde Londres

L: Ah, ok. Pasa, por favor.

Carlos entra hasta el salón y mira la situación del sofá cambiado.

C: Buenas tardes señora, soy Carlos, marido de su hija Laura.

B: Pasa siéntate.

C: Seré breve, no tengo mucho tiempo. Su hija me envía como mandatario para indicarles que no volverá a verles y que nunca más vendrá a esta casa. Ella ahora es feliz y no quiere tener que ver con ninguno de ustedes dos.

B: Salga de mi casa ahora mismo.

C: ¿Han entendido lo que les quiero decir?

L: Mi mujer le ha dicho que salga ahora mismo de nuestra casa.

C: Si, pero

L y B: Que salga de nuestra casa.

Carlos se marcha hasta la puerta y se gira mirando a los dos, diciendo: Tiene sentido.

L y B: Se sientan en el sillón descolocado y ponen la tv. Miran una pantalla plana y vacía.

Tamara Sánchez

 

LORQUING

ADELA. – Aunque el sol quema mi cara, morena de tanto aire. Aunque mis pies descalzos se dejan morder por la hierba salvaje. Aunque la hiedra escale los muros de este patio. ¡Ay de mí! Debo ser penitente… ¿Quién pudo encontrar el fuego en este cántaro de barro fresco? ¿Quién puede echarle tierra a esta flor recién germinada? Una cruz paraliza mis muñecas con clavos que jamás pensé que podían ser forjados. ¡Ay de mí! Debo ser penitente… Al herrero lo tenía en casa, cubriéndome de pan y leña. Y sus ojos se perdieron entre los hilos de mis vestidos. ¡Comeré tierra como penitente por no acusar a quien me dio la vida!

(Ve una fina soga enterrada en el suelo. La recoge.)

¿De qué sirve esta soga aquí, si las bestias no pueden trabajar en este patio? Tiene aspecto de perdón, o de juicio recto y cierto.

(Echándosela al cuello)

Las bestias deben domarse con la presión justa del amo. ¡Ay de mí! Debo ser penitente. ¿Eso me vuelve amo o bestia? Puedo ser el jinete que espolee a su caballo perdedor. O resignarme a que la bestia se ha enredado en zarzas retorcidas. Mi cuello quiere sentir lo que notan los animales…

(Entra Bruno)

BRUNO. – Adela, ¿qué haces con la cuerda al cuello?

ADELA. – ¿Te sorprendes ahora de lo que me ves?

BRUNO. – Adela, quítatelo, por favor…

ADELA. – (Ofreciéndole un extremo) No, tómalo como tomas a tu ganado y arrástrame contigo. ¿No es lo que quieres?

BRUNO. – Sí…

ADELA.– ¿A qué esperas? Revienta ya la roca que estorba el camino, padre.

BRUNO.– No me llames padre.

ADELA.– ¿Y por qué no? Tu condición jamás te importó…

BRUNO.– Porque no eres hija mía…

ADELA.– Padre.

BRUNO.– No.

ADELA.– ¿Cómo no?

BRUNO.– Nunca lo fui.

ADELA.– ¿Nunca?

BRUNO.– No.

ADELA.– No puedo más.

BRUNO.– Adela…

ADELA.– ¡Aparta!

BRUNO.– Te quiero…

ADELA.– ¡Bestia!

BRUNO.– Te amo…

ADELA.– ¿Qué haces?

BRUNO.– Escucha…

ADELA.– ¿Quién eres?

BRUNO.– Un campesino.

ADELA.– ¿Y yo?

BRUNO.– Un árbol frutal.

ADELA.– ¿Y qué ocurrió?

BRUNO.– Te hice mía… Te robé.

ADELA.– ¿De dónde?

BRUNO.– De cerca…

ADELA.– ¿Cuánto?

BRUNO.- Allá, de Colinaverde

ADELA.– ¿Verde soy?

BRUNO.– Verde… que te quiero, verde.

ADELA.– Nunca me quisisteis verde…

BRUNO.– Quiero vuestro fruto, de donde venga. (Se abalanza sobre Adela, pero cae el suelo)

ADELA.– En verdad eres el animal. ¡Ay de mí! No debo ser penitente… sino penitencia.

(Ahoga a Bruno con la soga)

Gerardo F. Cottle

 

Pesadilla en tres actos

No puedo respirar. Mis labios están sellados, por más que lo intento, no los puedo separar. La angustia se apodera de mí. Como si un enorme puño me estrujara las entrañas. Me invade el miedo. Voy a morir. Mis pulmones quieren llenarse de aire fresco, pero son dos sacos vacíos, arrugados como ciruelas pasas.

De repente doy una patada al suelo y salgo volando. El aire cristalino empieza a entrar en mis pulmones. Respiro. Me invade una paz serena. No moriré. No, de momento. Vuelo. Veo las ciudades y campos debajo de mí, a lo lejos. Me inunda una alegría infantil… y de repente: me caigo. Un vacío invade mi estómago. Intento gritar, pero mis labios vuelven a estar sellados, como un sobre lacrado. El aire no llega, me ahogo. Una mano nudosa rodea mi cuello y aprieta. No puedo respirar, no puedo gritar, no puedo…

Mi corazón se parte en dos. Se acabó.

Beatriz Hernández

 

EL VIENTO, EL RÍO Y EL SAUCE

SILVIA: ¿No te interesa saber de dónde vengo? (Con desprecio) Lo sé, ya lo sé: lo importante es que ahora esté. Que esté contigo, mi marido. Que esté aquí en nuestra casa. Nuestra cárcel limpia y bonita que lleno todos los días de flores y de olores de magdalenas. Mientras esté, y cumpla con mi deber, como la yegua que ara tus campos… (Temblando) ¿No te interesa saber que he ido al bosque, ni con quién? ¿No te importa que me haya parado donde los sauces tocan el arroyo? ¿No te importa que haya estado debajo de sus ramas lloronas?

FAVONIO: (Impasible.) No. Y ahora calla, siéntate.

SILVIA: (Incrédula) ¿Es lo único que me dices?

FAVONIO: Si me importaran los sauces, me verías bajar con mi hacha a tallar.

SILVIA: (Desesperada) ¿Si te importara? ¿Me tengo que encargar yo de ponerle la anteojera al jaco para que no siga haciendo la vista gorda?(Con decisión) Favonio, te estoy diciendo que he estado con Sabino. Estoy con Sabino Salicio.

FAVONIO: (Gritando) ¡Estás conmigo! (Componiéndose, más bajo) Crees que esto ha sido tu gran revelación. Que me iluminas como el alba que baña los árboles desde la montaña. No, Silvia. Cuando has visto a alguien con las manos en la masa, no te sorprende que se te presente más tarde con magdalenas. Yo te vi con él antes de casarnos.

SILVIA: (Sin aliento) ¿Antes de casarnos? ¿Me viste con él antes de que nos casáramos?

FAVONIO: Como un ave cantora mecida en las ramas del sauce. Él ya llevaba un nido, por eso me elegiste a mí. Confié en que te desenredaras. Miré hacia otro lado, me callé y acepté una alianza.

SILVIA: Mecida en las ramas del sauce. No pude desenredarme…

FAVONIO: Decidí tragar mis lágrimas cuando todavía estaban recién cortadas.

SILVIA: Recién cortadas… No pude desenredarme.

FAVONIO: No te desenredaste. El verano de nuestra boda tal vez. También la primavera de tu preñez. Quizás hasta el invierno que perdimos nuestro querido añojo… (Pausa) Pero volvías a caer como las hojas en otoño.

SILVIA: No pude desenredarme.

FAVONIO: No te desenredaste, pero nuestro hijo te trajo más cerca de mí. Sabía que el niño no tenía mi descendencia, pero yo lo quería y yo siempre habría sido su padre. Sentí el desgarro tan profundo como cualquier padre ese febrero cuando la tisis nos arrancó a Julio.

SILVIA: (Con amargura) Te pensaba un noble ignorante, sufría más por tu honra que por la mía. Pero de desgarro no me hables. Te revolcabas en dolor, pero el de un padre es un charco. Ignoras el pozo de agonía de una madre. Ignoras la caída interminable.

FAVONIO: Sé que sufrías. Pero poco tiempo tardó tu propio padecimiento en volver a llevarte. Muchas noches te he seguido.

SILVIA: Todos estos años. Escondías tanto como yo. Cuatro años. Pensaba que estabas ciego, pero no. Cerrabas los ojos y los entrecerrabas. Farsante.

FAVONIO: El ciervo digno lleva su cornadura sin bajar la cabeza.

SILVIA: (In crescendo) Farsante. Tu engaño es mayor que la mía. Crueldad con ojos de corderito.

FAVONIO: La luna ha visto engaño y crueldad. Muchas noches te he seguido, la luna ha compartido mi tortura y te ha visto volver ilesa. Seguiré cerca de ti. Y la luna te velará.

SILVIA: (Con ira y desprecio) ¿Un hombre hace esto? Ni cordero, ni ciervo. Una sombra que sopla.

FAVONIO: (Más suave) Confundes la compasión con una falta de apetito. Confundes la constancia con una falta de pasión. Aunque tú los confundas, la luna ha visto a estos valores perdonarte la vida.

SILVIA: (Más suave) Una sombra, un viento traicionero.

FAVONIO: Yo te entiendo. Te atraen más la chispa y la llama aunque sabes que necesitas las brasas.

SILVIA: (Con desesperación) ¿Que me vas a entender? Poco se percibe cuando se mira hacia otro lado con los ojos cerrados.

FAVONIO: Te entiendo como el viento entiende el río, pero nunca lo represa.

SILVIA: (Con decisión) Pero nunca lo represa. Pues por eso, iré aguas abajo. Favonio, por eso te lo cuento, me voy. Me voy con Sabino.

FAVONIO: No. No irás.

SILVIA: (Insistente) La corriente me arrastra. He de ir, Favonio.

FAVONIO: (Con tranquilidad amenazante) No. Lo que has de entender es que tu surco está aquí conmigo.

SILVIA: (Suplicante) Si tanto entendieras, sabrías que me tenía que acabar por arrastrar.

FAVONIO: Las lluvias de abril te hacen confundir las aguas con el arroyo. Donde estás, te quedas. Imaginas que tus orillas se desbordan, pero el viento entiende que la tormenta pasará. Donde está tu cauce, se queda. Las sequías de agosto también llegan y el lecho de los peces se puede convertir en macizo de flores. O en polvo. Siempre a merced del viento, Silvia. Donde estás, te quedas.

Aguas abajo cerca del arroyo, llega un hombre montado a caballo entre unos sauces llorones. El caballo resopla fuerte, es delgado con pelaje marrón sin brillo. Lleva unas alforjas muy cargadas. El hombre desmonta, lleva una capa larga negra con capucha. Da unas palmadas al caballo y el animal se tranquiliza. El hombre saca una manta de la alforja, se envuelve y se sienta debajo de un sauce. Mira como una luna grande y llena desaparece detrás de unas espesas nubes. Lo único que se oye es un viento suave y el borboteo del arroyo.

Luc Ciotkowski

 

Pesadilla en tres actos – Miss Hartwell y La Soga

Las risas, sonrisas, alegría de mis compañeros, los otros niños me refrescan. Como bañarme en la garganta en julio. Pero la soga, la soga, una cuerda grande, terrible y retorcida me tira. La cuerda que sale de mis espalda. Y de repente me arranca.

Ya no estoy con los niños, ya no puedo jugar. Y es ella, la Señorita Hartwell, la maestra, la que se encarga de mi tortura. Se ríe vilmente y ya estoy en la iglesia, viendo el ataúd de mi abuelo. Leo el nombre grabado en la chapa de azófar. Es mi nombre. Compartimos el mismo nombre. No sé si el ataúd es mío. A la vida le pido vida, a mis parientes les pido un abrazo. Busco el consuelo de mis consanguíneos, pero allí está la Señorita Hartwell que me arranca con la soga.

Todo me has quitado, y nada me has dado. Ya no estoy en la iglesia, cuelgo de mi casa, por mi cuerda todavía y siempre en la espalda. Mátame mientras duermo. Sabio payaso.

Me agarro a la cuerda retorcida con la cual me has malvadamente bendecido como una hoja mecida por el viento. Veo a la Señorita Hartwell colgándome desde la ventana arriba. Su cara tan limpia y bella, un cisne en el río en mayo. Su cuello blanco y elegante, mi garganta ahogada de injusticia e incomprensión.

Luc Ciotkowski

Adela.- ¿Qué hiciste con la lluvia?

Benito.- (Le mira sorprendido) ¿En serio me lo preguntas? (Deja los aperos de labranza en la puerta de la cocina)

Adela.- Hace tiempo que no llueve y me acabo de dar cuenta. (Ella sigue pelando patata

Benito.- (Sin mirarla, dolido. No reconoce ya a Adela, hace tiempo que ya no es la misma perdona, aquella a la que conoció cuando eran adolescentes, aquella de la que se enamoró perdidamente cuando la vio lavando en el río) Ya no llueve porque ya no me quieres. No me tratas con el amor con el que solías hacerlo. Vuelvo de trabajar del campo, ese campo lleno de polvo, abrasándome la espalda al sol, agotado. No me tratas ni con amor ni con el respeto que merece tu marido, Adela.

Adela.- (Se encoge. Parece una niña pequeña pillada en falta. No se atreve a mirar sus ojos azabache) No puedo darte hijos, la gente lo comenta, pero aun así, sigo echando de menos la lluvia. Ya no llueve, Benito, y justo por eso mi manera de tratarte ha cambiado. Echo de menos la lluvia.

Benito.- No llueve porque no hay nubes.

Adela.- Las nubes hay que crearlas.

Benito.- Eso no es cosa mía.

Adela.- Ni mía sola tampoco.

Benito.- Si fueras de otra manera…

Adela.- Echo de menos la lluvia.

Benito.- La mira en silencio.

Adela.- Me voy. Si es todo culpa mía, me voy…

Benito.- (Le agarra del brazo) No te vayas, Adela, por favor… Si me dejas, me mato.

Adela.- No me cargarás a mí con esa pena, con lo que yo te quiero…

Benito.- Quédate conmigo…

Adela.- ¿Qué hiciste con la lluvia?

Los dos se miran en silencio. Una llama empieza a arder en el pecho de ambos. Se acercan. Se besan apasionadamente. A lo lejos se escucha un trueno. Empieza a llover.

Y llovió durante meses. Los ríos volvieron a llenarse y el campo volvió a brotar. Todo el valle se llenó de vida. La lluvia no volvió a abandonar ese valle. Ellos siguieron amándose, ignorando malas lenguas, que ignoraban que de aquel fuego, nacía la lluvia.

Beatriz Hernández

 

SHAKESPEARING Y PIXARING

A. – Briboskin, he pedido a la hechicera real que te traiga ante mí porque tengo algo que pedirte. Sabes que desdichada soy y lágrimas no me quedan ni en el alma desde que mi padre me encerró aquí en esta torre, sin más luz que la de esta vela.

B. – Todo el reino conoce lo desdichado de tu zozobrar y tus ojeras atestiguan que tus ojos han gastado todas las lágrimas del mar. Por influencia de los Duendes Romorkón tu padre obró y así tu vida malogró…

A. – Con tu ayuda convencida estoy de que podría romper el hechizo que esos duendes obraron sobre mi padre.

B. – Claro que su hechizo romper podrás… Con mi ayuda todo lo conseguirás… (Dejando colgadas las palabras en el aire)

A. – Sé que vosotros los Rantelpiskin taimados y nada de fiar sois. Mas tan desdichada soy y estas ojeras no aguanto más, que tu ayuda imploro y a todo dispuesta estoy.

Briboskin aparece súbitamente en los aposentos de la Princesa Angst.

B. – Una Luna ha pasado y mi magia resultados ha dado… Con lo que me pediste he cumplido y para obtener mi recompensa he venido…

A. – ¡Ay Briboskin! Al fin libre soy desde que mi padre ha muerto. Todos los jóvenes nobles del reino se preparan ya para cortejarme.

B. Los Duendes Romorkón nuestros rivales son… Queremos tu permiso para con nuestros palos pegarles y fuera de nuestro bosque echarles…

A. – Haced lo que os plazca en vuestro bosque con esos malditos duendes que nublaron la mente de mi padre.

B. – No sólo sobre los Romorkón caerá vuestra maldición…

Meses más tarde los Duendes Rantelpiskin hostigan a los ciudadanos del reino; por doquier aparecen y con sus palos golpean hasta saciarse. La Princesa Angst va al Bosque de Oakington para hablar con Briboskin.

A. – Vuestra campaña de asedio tiene que acabar. ¿Qué pretendéis? ¿Por qué salís del bosque para apalear a campesinos, viajeros y cazadores?

B. – Oakington nuestro es y nadie más cerca queremos ver… Ocupar todo el territorio del Bosque nuestro objetivo es, desde el páramo de Fen Ditton hasta las colinas de Grantchester.

A. – ¡No lo permitiré! Sobre una de esas colinas se asienta el castillo que construyeron mis antepasados. Cada noche veo el fantasma apaleado de mi padre. Me atormenta verle así y no estoy dispuesta a permitir que toméis el Castillo de Teversham.

Varios duendes rodean a la Princesa y empiezan a golpearla con sus palos.

B. (Apaleando también a la princesa) – Someteremos el Castillo, a los Duendes Rantelpiskin ya nada puede parar… Apalear, apalear, nuestro goce es apalear.

Jesús Gómez

 

RANTELPISKIN & LA SIRENA

ALEJANDRO MUÑOZ

Rantelpiskin: Si me robas la olla te saldrán piernas

Sirena: ¿Y ya? ¿Cogería la olla y no volvería a verte?

R: No, no volverías a verme, me iría lejos. Llevo años custodiando esta olla.

S: Ajam… siendo así, no estoy segura de querer piernas. Me gusta mucho hablar contigo Rantel.

R: ¿En serio? Es la primera vez que me dicen eso, es la primera vez que alguien me dice algo bonito en mucho tiempo…

Rantel se sienta al borde de la piedra que separa a la sirena de él y se pone a llorar desconsoladamente.

Sirena: Has tenido que sentirte muy solo. Yo veo lo que hay detrás de esa repugnante piel verde al igual que tú ves más allá de esta cola de pescado.

Rantelpiskin: Si… tengo una olla llena de oro y hablar contigo…

S: Oh Rantel! Esto no tiene que acabar aquí. Robaré tu olla, cogeré la amatista mágica que hay en ella y me transformaré en humana, así podremos huir juntos.

Rantel la mira con una expresión mezcla de ternura e ilusión, empieza a andar alrededor de la olla y a silbar el himno de los Rantel. Mientras Rantel está mirando hacia otro lado, Sirena golpea la olla con su cola y la hunde en el fondo del mar.

S: Rantel, ¿dónde está la olla? (grita entre divertida y escandalizada)

R: No lo sé. ¡La han robado! Lo denunciaré a mi jefe ahora mismo – dice guiñándole un ojo.

Rantel llama a un arcoíris que nace de la base de la piedra y al extremo aparece el Dios de los Rantel, entendiendo la situación libera a Rantel de la custodia de más ollas y le otorga la libertad. Sirena coge la amatista y lee el hechizo, cuál es su sorpresa cuando lejos de salirle piernas su piel se vuelve gruesa y verde. Su cola sigue donde estaba antes…

S: Me has engañado Rantel! ¡Cómo has podido hacerme esto! Yo te quiero… te quería… me has condenado al mar y a la soledad…

R: Pasará Sirena, te acostumbrarás, la soledad tiene sus ventajas. Además, entenderás que no llevo toda la vida custodiando una olla para ahora custodiar una Sirena…

Sirena derrama un río de lágrimas verdes sobre la piedra del acantilado tiñendo de verde todo el litoral.

R: Para que veas que no soy tan malo, tengo un amigo CEO de una empresa que busca imagen para su marca. Le daré tus coordenadas, creo que puedes ser la modelo que están buscando… el nombre de la empresa es algo así como Starbucks… ¡hablamos!

Rantel se aleja saltando y juntando sus pies en el aire al son del himno de los Rantel.

Alex Muñoz

 

Dos princesas y un destino

Margarit – Láncelet. Hermana, ¿cuántas son ya las oscuras noches que estas paredes nos retienen? Sin ventanas con las que distinguir la luz del día de las visitas de la Luna he perdido la cuenta.

Láncelet – Muchas son ya como muestran vuestras violáceas ojeras. Más no desfallezcáis hermana. Intentad conciliar el sueño. Yo os guardaré la cena pues lo que vuestro cuerpo solicita es descanso.

Margarit – Si ese es vuestro consejo, habré de seguirlo, pero si queréis que pueda descansar, acariciarme la cabeza como hacía madre.

Láncelet – Tumbaos que os acariciaré mientras soñáis y que en vuestros sueños veáis el día que Sir Lancaster nos libere.

Margarit – Soñaré con ese día Láncelet. Ansío el día en que podamos recuperar la libertad, aunque suponga el fin de este encierro y el inicio de otro cautiverio más cruel si cabe.

Láncelet – ¿Qué queréis decir? ¿A qué nuevo cautiverio os referís Margarit?

Margarit – Láncelet, ¿sabréis guardar un secreto?

Láncelet – Que mis labios no puedan nunca volver a abrirse si traicionaran algún día la confianza de una hermana.

Margarit – El cautiverio que me espera es al que padre me condenó al comprometerme con Sir Lancaster. Amargo es mi destino si al que hoy espero como libertador se torna mañana en mi carcelero.

Láncelet – ¡Margarit! ¡Acaso habéis enloquecido! No existe en el reino hombre más noble, valiente y apuesto que Sir Lancaster. Ni vasalla, noble o princesa que no se sintiera afortunada y dichosa de tal destino. Agradeced ser la primogénita de nuestro padre el rey que os otorga tal privilegio.

Margarit – No os enojéis conmigo Láncelet. Cualquiera diría que me envidiáis por ello y sin embargo yo cedería gustosa mi azarosa situación pues en confianza os confieso que el corazón no entiende de razones y menos cuando este se ha entregado ya a quién el destino le ha hecho escoger.

Láncelet – Creedme que comprendo vuestra amargura y desazón. También yo sé lo que es amar en silencio a quién no se debe. Aunque cuando menos es de esperar, un rayo de luz puede que ilumine el camino de lo posible.

Margarit – Envidio vuestra esperanza Láncelet. En mi camino no queda luz para despejar tantas tinieblas. Preferiría morir que vivir la vida que me aguarda.

Láncelet – Dormíos Margarit. Dormid profundamente. Que el sueño os traerá la paz que tanto deseáis

Margarit – Acariciadme la cabeza Láncelet. Acariciadme como hacía madre.

FIN

Toni García.

 

LANCELET LA PRINCESA ENAMORADA

-Queréis el pastel, más a mí no me entra más comida, necesito alimento del alma y solo obtengo del cuerpo.

– Tomare pastel en la larga noche que nos acontece, 7 visitas de la luna sin poder caer en las mieles del sueño.

– Marguerite hermana podrás usar tu desvelo para anotar el cambio de guardia.

– Esas ideas solo os traerán problemas Lancelet, tú eres la primogénita y es tu deber cuidar del reino y casarte con Eduardo de Williamburg

– Hermana bien sabéis que nunca seré capaz de soportar el peso de la corona, mi corazón pertenece a Carlos.

– Si así lo deseáis, esta noche usare el reloj lunar que mando marcar la abuela para anotar los horarios del cambio de guardia.

– Dios bien sabe bien Marquerite que tú serás mejor reina que yo, y nos guiara en nuestros pasos

– Sabéis bien que abuela lo intento y fallo, madre lo intento y fallo. Nadie quiere reinar en este reino más el sentido de responsabilidad familiar lo hace el más próspero de todos.

– Siento en todo mi ser que lo lograre

A la mañana siguiente

– Buenos días majestad, parece que esta noche la meció la luna. Pudo anotar el horario

– Buenos días hermana a las 00.30 y a las 4:40. El guardián de las 4.40 es muy apuesto, cual jilguero por la mañana al ver que luz tras el dintel comenzó a tararear una nana. Sentir su seguridad me hizo dormir.

– Parece que tenemos nuevo rey, creo que se llama Marco Antonio, distraerlo esta noche para que pueda huir.

– Hermana, sabéis bien que si huis en su guardia padre lo mandara matar.

– Tienes razón hermana, no hace nada que pueda dañar tu frágil corazón, distraed a padre, esta tarde al salir de la recepción real, los caballos estarán ya montados, aprovechare ese momento para huircon Carlos. Comenzaremos una nueva vida juntos.

– Tened esta cubertería de plata para poder venderlas en vuestro nuevo destino, hasta que Carlos pueda establecerse como herrero.

20 años más tarde en un palacio en el próspero reino de Lancelet dos princesas anotan los horarios de la guardia con el reloj que mando pintar su tatarabuela, mientras guardan con esmero una cubertería de plata con las

siglas reales en un bolso de viaje. Su tío, Marco Antonio observa atentamente tras una mirilla escondida tras el reloj lunar y esboza una sonrisa.

Blanca Encuentra

 

A – Alfredo La Rana, B – Jefe Rastenpinki, C – Alberto La Rana

(Movimiento 1) En la saliente de un acantilado con una enorme cascada delante y una cueva detrás. Una rana interpela a un viejo duende.

A: Jefe Rastenpinki, tú eres el líder de los Duendes Cabrones y sois los únicos que nos podéis ayudar desde que murieron el elefante, el cocodrilo y el hipopótamo que a veces era rinoceronte.

B: Yo no puedo ayudaros Alfredo la Rana, estoy acabado, los otros Cabrones no me tienen respeto. Desde que Alberto y tú escapasteis de nuestras jaulas, el que manda en la cueva es Babas Rastenpinki. Solo me he asomado a la cascada para que me dejaran de escupir un rato. Y lavarme los lapos del pelo.

A: Jooo, los Rastenpinki, sois muy gruñones. Y regordetes. Y pelirrojos y feos. Y tenéis un olor como a tienda de mascotas… Pero si pudierais espantar a los niños que nos aterrorizan al diario en nuestro charco, estaríamos eternamente agradecidos.

B: Los Rastenpinki no somos lo que éramos, somos apáticos y lánguidos. Sin prisioneros que dar con palos, los Cabrones no hacen más que chupar los hongos de la cueva y escupir. Si yo les llevara algún prisionero para la jaula, me volverían a hacer caso.

A: Jefe Rastenpinki, ven conmigo a nuestra cabaña a ver a Alberto. Te hará panqueques con setas, y verás como los niños nos han dejado el charco. ¡Atraviesa la cascada conmigo!

(Movimiento 2) En la cabaña-nido de las ranas Alfredo y Alberto en la orilla de un charco lleno de basura de botellón.

B: ¡Tus panqueques con setas están exquisitos Alberto! No recuerdo semejante sabor desde que chupaba la cara a un hada en Dublín hace unos 40 años. ¿Las setas son de aquí cerca?

C: Sí, en el bosque secreto hay un lugar secreto donde las cojo en secreto y las meto en mi saco secreto. Vuelvo aquí en secreto y las cocino con mi receta secreta, y las sirvo en panqueques. Los panqueques no son secretos, son normales. Pero no digas eso por ahí, que es secreto. Jefe

Rantelpiskin, ¿tenías una novia hada en Dublín? ¿Qué pasó?

B: Es Rastenpinki, los Rantelpiskin son otros Duendes Cabrones que trabajan con ollas y arcoíris. Pues yo de esa hada estaba enamorado. Le chupaba la cara y ella me mordía. Me mordía con los dientes de otros, que era el hada de los dientes. Estábamos felices. Pero yo me tenía que buscar la fortuna. Los Duendes Cabrones Rastenpinki nos enteramos que aquí había una cueva llena de piedras preciosas detrás de una cascada. Y bueno, era una oportunidad. Tábata, se llamaba así, el hada de los dientes, se quedó allí. Que aquí tiene el monopolio el Ratoncito Pérez ese. Aquí no pintaba nada. Iba a volver, pero me hicieron al ascenso a Jefe Rastenpinki. Antes me llamaban Bryan. Han pasado tantos años…

A: Nosotros aquí estábamos felices hace poco Jefe Rastenpinki. Mira el charco, no solo son las bolsas de plástico, las colillas y los condones usados. También hay latas de aceitunas y latas de cerveza y latas de Cruzcampo. Nuestro charco se ha convertido en un vertedero por los niños que vienen cada noche. Alberto y yo nos hemos preguntado, hemos preguntado a nuestras sombras, hemos preguntado a nuestros reflejos, y tú, Jefe Rastenpinki, eras nuestra última esperanza.

B: Pues agárrate la cloaca, Alfredo, que tengo un plan. Alberto, prepárate para hacer muchos más panqueques, y que no te salgan rana. Chicos, ¡Volvemos a la cueva!

(Movimiento 3) Tras un discurso conmovedor del Jefe Rastenpinki con exhortaciones a la libertad y promesas de panqueques con setas, los Duendes Cabrones bajaron al charco de las ranas con sus palos. Destituido, Babas Rastenpinki se huyó de la cueva maldiciendo a los otros duendes. En una emboscada esa misma noche, los duendes dieron la muerte a tres chavales, y con un festín de panqueques con setas (el primero de muchos), celebraron con las ranas que nunca más ese charco se ensuciaría por los botellones.

C ¡Gracias Jefe Rantelpiskin, nos has salvado el charco! Has vuelto a hacerles cabrones de verdad a los duendes y a enseñarles a dar golpes a la gente con palos. Ya eres el jefe de verdad otra vez, nunca más dudarán de ti.

B Es Rastenpinki, los Rantelpiskin son los que trabajan con ollas y arcoíris… Pues gracias a vosotros por enseñarme a mí. Y no, ya no voy a ser el jefe de los Duendes Cabrones nunca más.

A Pero, ¿Por qué? Si ya no te escupen en el pelo ni nada. Y has vuelto a ganar su confianza, te seguirán para siempre. Sabemos que eso es lo que querías.

B Queridos Alfredo y Alberto. Eso es lo que quería, pero lo que necesito es volver a mi Tábata. Volveré a Dublín a ver a mi hada amada, a chuparle la cara, aunque ella haya perdido todos sus dientes y no me muerda nunca más. Eso es lo que necesito hacer. Eso es el amor. Vosotros me entendéis, que he

visto vuestra cabaña-nido, que solo hay una cama. Gracias por enseñarme mi camino. Y por los panqueques de setas.

C Rastel… Basten… Stinki…… ¡Te queremos, Bryan!

Luc Ciotkowsky

 

A: Princesa B: Rana

B: Yo ya no quiero seguir, aquí me siento agobiado, tanto abrazo y tanto beso, yo quiero aventura.

A: Alfredo cariño, ¿tú me quieres?

B: Claro que te quiero Princesa, pero debemos vivir más allá de estos muros.

A: Yo quiero casarme contigo Alfredo. Me harías la princesa más feliz de todos los reinos.

B: Ya pero aquí con todos esos guardianes cerca de nosotros nuestra felicidad se marchita, se aburre, se sosiego, se calma y finalmente se marchita. ¡Salgamos, vayamos de charca en charca!

Tras mucho meditarlo y hablarlo, Princesa y Alfredo la rana hacen las maletas.

Recorrerán pueblos llenos de fiestas populares, tabernas con ricas cervezas, conocerán a personajes como los duendes cabrones o el elefante bondadoso. Reirán a carcajadas, bailarán hasta agotarse, beberán y se emborracharán para dormir hasta tarde. Una mañana tumbados en la cama tras una noche de fiesta la princesa se sincera.

A: Yo ya no quiero seguir con esta vida Alfredo

B: ¿Qué dices Princesa? ¿Acaso no te lo estás pasando bien? ¿Acaso no te gusta reír y bailar? ¿Acaso no has probado los verdaderos manjares de la vida?

A: Bueno, aprecio todos los momentos que nos han dado estos viajes pero creo que necesito otra cosa. Alfredo, volvamos a casa.

B: Princesa y qué haríamos en el castillo de nuevo, ¿leer? ¿Dormir? Princesa todo esto te va a dar más vida que mil libros.

A: Alfredo, los libros también pueden ser un viaje maravilloso sin necesidad de visitar tantas charcas.

B: La libertad está más allá de unos muros.

A: ¿Y la libertad para ti tiene nombre?

B: ¿Cómo?

A: He visto como miras a uno de esos duendes cabrones

B: Si, es mi amigo. De los mejores duendes cabrones que he conocido hace tiempo.

A: Alfredo, dime la verdad, ¿has tenido algo con él?

B: Bueno, quizás una de las noches de borrachera, por casualidad se me escaparía un beso pero no tiene importancia ninguna. Es un beso de amigos, fraternal promovido por el alcohol en nuestro cuerpo.

A: Basta ya, deja las excusas. Estás enamorado del duende.

B: No, prometo que no.

A: Si, además me has utilizado para salir del castillo y sino salía bien pues bueno quedarte a mi lado, ¿no?

B: Princesa no, yo no… Bueno, eeeh te quiero.

A: Si pero no como quieres a ese carbón.

La princesa se levanta de la cama y empieza a vestirse, recoge sus cosas. Mientras Alfredo la mira sin saber qué decir. Cuando ha terminado de recoger la princesa le da un beso y se despide.

A: Sé muy feliz Alfredo.

Alfredo mira como la princesa abre la puerta y se gira para mirarle por última vez.

B: Lo siento Princesa.

Tras varias horas andando por el bosque, realmente cansada llega a una taberna que tiene en la puerta un caballo marrón con una montura bien colocada, cuando gira de repente se da de bruces con un apuesto príncipe.

A: Uy, perdone. No le había visto.

B: No, perdone usted, no me había dado cuenta que estaba ahí. Iba de camino a mi castillo en Lancaster y necesitaba descansar un segundo. ¿Qué hace una mujer sola en

A: Volvía a casa, es una larga historia.

B: Puedo llevarla en mi caballo, si es así lo que necesita.

A: Gracias pero prefiero ir sola.

La princesa le mira de nuevo y pone su mano en la puerta para entrar en la taberna.

B: Ha sido un placer, ¿Volveremos a vernos?

A: Quién sabe

Tamara Sánchez